Underground (Emir Kusturica, 1995) Bombas como ecos de las bombas Un texto de Libia Hernández El terreno de los noventa resultó prolífero en muchos aspectos, entre ellos el político que dio frutos como Underground; filme de Emir Kusturika que reflejó, como casi siempre ocurre con el arte, espejo metáfora de la realidad, la cosecha de unos cambios apabullantes que se hicieron sentir en todo el viejo continente y cuya onda expansiva tuvo ecos allende los mares. Es cierto que la Historia se narra a partir de los avances tecnológicos, el arte, las conquistas, las batallas. De todos ellos la última arrasa, cambia al espíritu, instaura la tragedia. Pero aún así el ser humano no deja de reírse y parodiar su tragedia, sea la cultura que sea. Y es una suerte, porque gracias a esta cualidad, Underground ha elevado a su director a la cumbre y ha logrado sensibilizar a mucha gente a la cual el pueblo yugoeslavo le sonaba a ruso.
El lado más fetichista del comunismo ve la luz en Underground, donde el “discurso del futuro” y el culto a la personalidad laceran más la conciencia y mellan la esperanza de quienes vivieron por y para ese futuro prometido y que hoy escuchan con agobio y rematado agnosticismo un vacío “discurso del pasado” y observan cómo se desmorona todo aquello en lo que creyeron. Quién sabe lo que es vivir creyéndose en un estado de alerta, en una guerra eterna. Vivir tantos años una historia ficticia, mientras la verdad ocurre fuera, mejor dicho, arriba y no enterarte hasta el final, cuando te cuentan que la que ves ahora ya no es aquella guerra, que hubo paz, rosas, cantos a la revolución y mucho comunismo. Y que esta es otra guerra, distinta, para la que no te han preparado.
El filme rezuma en metáforas de la realidad de la antigua Yugoslavia, con un fuerte componente social dado a través de unos personajes muy carismáticos y representativos que arrastran diferentes maneras de pensar y actuar, lo que conlleva al desenlace, con gran carga emotiva que no deja al espectador indiferente frente a los acontecimientos mundiales de su tiempo, sino que lo hacen adquirir cierta madurez sociopolítica, además de recibir una lección magistral de arte, dejada tanto por su director como por un guión estupendo trenzado con una de las bandas sonoras más acuciantes de los noventa. |


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