La chinoise  (Jean-Luc Godard, 1967)

Todos los caminos conducen a Pekín… y a Bertolt Brecht

Un texto de Enrique Aguilar

Agosto de 1967, en un pequeño departamento en París un reducido grupo de estudiantes discute la aplicación del Comunismo en la Francia de la época. Ellos quieren cambiar el mundo y llegarán al terrorismo de ser necesario. Inspirada en Los endemoniados (1871-1872) de Fiódor Dostoyevski, La chinoise es una de las películas que mejor ha retratado la dirección de los vientos ideológicos de una época. Y qué aires, nada más que los que había en Francia un año antes de Mayo del 68, y de qué forma, la de un Godard en plena agitación política (¿alguna vez ha dejado de estarlo?) dispuesto a regalarnos un sismógrafo en cine capaz de recoger los movimientos e inquietudes de la juventud y la intelectualidad francesa del momento.

Asistimos a la creación de una pequeña célula revolucionaria, la “Aden, Arabie” [1], compuesta por jóvenes, algunos de ellos pequeño-burgueses, deseosos de “comprender la situación” y acabar con el estado asfixiante de la cultura francesa, la mala gestión universitaria, la desigualdad social y la injusticia económica. Habrán de encontrar pues las vías disponibles para conseguir “la creación de las condiciones objetivas y subjetivas que posibiliten la acción revolucionaria de las masas y les permitan afrontar y vencer a la burguesía”. El objetivo es claro: hay que acabar con el imperialismo en todas sus formas y especialmente con el norteamericano que causa estragos al otro lado del mundo. A casi 10.000 Km. de París los superbombarderos B-52 despliegan un terrorífico poder. Llueve Napalm en Vietnam.

La chinoise es una de las películas más críticas de Godard. Tras las perspectivas de la (nueva) izquierda europea, la de entonces, en sus imágenes encontramos un verdadero campo de tiro. Desde la publicidad (con ese descabellado, o no tanto, anuncio de una agencia de viajes que propugna el regreso de los santuarios de la Rusia zarista en plenos años 60), hasta el discurso revisionista de Leonid Brezhnev y Alekséi Kosygin (con su política intervencionista y de coexistencia con el capitalismo occidental), pasando por una necesaria reivindicación de una “Televisión Republicana” (y una reescritura de la historia de las imágenes: los Lumière hacían pintura en cine y Méliès informativos), Godard no deja títere con cabeza. Ni si siquiera se salva el medio de información que más se acomoda a los ideales de sus jóvenes revolucionarios, el diario L’Humanité (con esa inverosímil crítica denigrando a los dirigentes del PCF -Partido Comunista Francés- por haber acudido a la proyección de un film americano… nada más y nada menos que Johnny Guitar -1954-, de Nicholas Ray).

Godard y sus revolucionarios llevan así la teoría a la práctica en un cine apegado a los cismas ideológicos del momento. A nuevas ideas, nuevos individuos; a nuevos cines, nuevos espectadores. Suerte de pedagogía política, en La chinoise hallamos agradecimos algo que tras horas de discursos y retórica política muchas veces encontramos desvirtuados o directamente no entendemos: la explicación de conceptos ideológicos complejos con una pedagogía que bascula entre lo cómico y lo poético. “La política es el punto de partida de la acción práctica de un partido revolucionario… Toda acción de un partido revolucionario es la aplicación de su política… Se lavan los platos porque están sucios. Entonces, la Francia del 67 es como los platos sucios”. “¿El marxismo-leninismo? ¿Definirlo?... ¿Sabe usted cuando el sol se pone? Él es todo rojo y después desaparece pero para mí, en mi corazón, el sol no se pone nunca”. Tal como reza uno de los eslóganes pintados en una pared del pequeño departamento: “Es necesario confrontar las ideas vagas con imágenes claras”.

Y de la mano de esta inmediatez didáctica viene la ratificación de un estilo acorde con el objetivo ideológico. Pierrot le fou (1965), Made in U.S.A. (1966) y 2 ou 3 choses que je sais d'elle (1967) ya lo anticipaban. El relato no sólo ha de construirse rompiendo la ilusión clásica, del racord (À bout de soufflé, 1960), del plano-contraplano (Vivre sa vie: Film en douze tableaux, 1962) o la que oculta los mecanismos de representación (Le Mépris, 1963); el film también ha de elaborar una estrategia discursiva que distancie al espectador forzándolo a la reflexión crítica. Si el objetivo ideológico es incitar al razonamiento político, La chinoise nos empuja constantemente hacia fuera, hacia un pensamiento en continuo movimiento. Las formas que piensan están llamadas a crear un pensamiento que actúa.

Este posicionamiento estético se evidencia en el rechazo del relato novelesco so pretexto de servir a una falsa escritura del arte, la de la narrativa burguesa en manos de las clases dominantes. Como se explicita en la crítica a un relato de la revista de las obreras de la CGT (Confederación General del Trabajo): “¿Para qué ser comunista si se emplea un lenguaje de novela rosa?”. Así pues, la estructura de La chinoise se fundamenta en la fragmentación del relato, el film se construye a partir de segmentos, “diálogos” y “movimientos”, claramente diferenciados gracias a la intervención de los intertítulos. El pastiche y el collage, estilo practicado por Godard en sus films precedentes, deviene aquí en la metodología necesaria para una adecuada generación de sentido en el sujeto que mira.

No a la profundidad psicológica de los personajes, no a la falsa profundidad del espacio, La chinoise ratifica la renuncia al engaño de la ficción clásica y hace suya una bidimensionalidad práctica: la de los personajes en primer plano, recortados como siluetas ante la estrechez del pequeño departamento, para hablar con fluidez de política, para hacer política en y con la imagen. Y a este fin acude la elección de un cromatismo tricolor (azul, blanco, rojo), ya practicado por Godard en varios de sus anteriores films, que parte de la bandera francesa para explicitar en el terreno formal que los problemas allí tratados son de alcance nacional: la universidad, la cultura, la jornada laboral, la prostitución, la especulación urbanística, las “3 desigualdades fundamentales del capitalismo y del régimen gaullista: entre el trabajo intelectual y el manual, entre la ciudad y el campo y, finalmente, entre industria y agricultura”… la Francia del 67 en definitiva, un plato sucio que necesita ser limpiado. El cine, el arte como “una reflexión sobre la realidad”.

Así como los jóvenes revolucionarios ven en Mayakovsky, en la poesía, y en Eisenstein, en el cine, una constante lucha por la definición de un arte socialista, así también vemos en el Godard de La chinoise una incansable búsqueda por hacer de sus imágenes un cine-crónica del momento, un cine que piensa el mundo latiendo al ritmo de los movimientos ideológicos de un instante concreto. El cine en La chinoise evidencia que el imaginario no es el reflejo de la realidad sino la realidad de ese reflejo, un cine pegado literalmente al momento en el que está siendo concebido. Política y arte, contenido y forma. Si el PCF se ha vuelto revisionista, si Paul Nizan y Merleau-Ponty han muerto y si Sartre y Aragon escriben sobre cualquier cosa menos sobre política, los jóvenes revolucionarios del film buscarán en otro lugar los ideales necesarios para la realización de un verdadero teatro socialista, un “Teatro cero” que los lleve al pensamiento revolucionario y de ahí al Socialismo. Para llegar a Pekín había que pasar por Bertolt Brecht y su distancia crítica.


Notas:

1. Uno de los muchos homenajes-citas-referencias que Godard hace en La chinoise es el denominar su pequeña célula de jóvenes revolucionarios con el título del primer ensayo del escritor francés Paul Nizan (1905-1940). Este detalle no sería relevante de no ser porque Nizan fue miembro del PCF -Partido Comunista Francés- hasta 1939, cuando abandonó la formación política en rechazo a la firma del Pacto Germano-Soviético. Nizan moría un año más tarde luchando contra el ejército alemán en la Batalla de Dunkerque. A finales de los 60 la URSS volvía a hacer algo parecido con su revisionismo ideológico acercando su política exterior a la de los Estados Unidos. Así pues, la elección del ensayo de Nizan no sólo es una referencia más sino que se convierte en una llamada a la crítica y al rechazo de la política revisionista del comunismo soviético apoyada, además, por el PCF. [Volver arriba]

























































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