Una buena cosecha Un texto de Alex Thurman La XXIX edición del Festival Internacional de Cine Independiente de Elche superó con creces a la anterior en casi todo, empezando por la sección oficial del concurso de cortometrajes. En ella pudo verse buena parte de lo mejor de la producción española en el mundo del corto de este año, así como algunas piezas del 2005 que no habían sido presentadas en la edición anterior. Además, habría que destacar el interés de las secciones paralelas. El Festival organizó un ciclo dedicado a nuevos realizadores españoles, que sirvió para reconocer la labor una nueva camada de jóvenes talentos que (si se les cuida como es debido) pueden dar muchas alegrías a los aficionados al cine en un futuro no muy lejano. Desde luego, madera no falta. Dentro de esta primera actividad pudieron verse, en el Gran Teatro de Elche, La casa de mi abuela, de Adán Aliaga; El habitante incierto, de Guillem Morales; Amor en defensa propia, de Rafa Russo; Aupa Etxebeste!, de Telmo Esnal y Asier Altuna; y AzulOscuroCasiNegro, de Daniel Sánchez Arévalo.
Asimismo, el Festival incluyó un ciclo dedicado a la pujante animación española, compuesto por cuatro películas: La isla del cangrejo, de Joxan Muñoz y Txabi Basterretxea; El bosque animado, de Manolo Gómez y Ángel de la Cruz; Dragon Hill. La colina del dragón, de Ángel Izquierdo; y El Cid, la leyenda, de José Pozo, todas ellas estrenadas hace meses en salas comerciales.
Este año se homenajeó a Laura Valenzuela, quien recibió la Palmera de Plata a toda una carrera. Se proyectó una de sus películas más celebradas, Los tramposos, de Pedro Lazaga (1959).
Por tanto, el Festival de Cine Independiente de Elche del 2006 fue, como otros años, una semana intensiva de cine que movilizó a media ciudad. Y es que con el tiempo el certamen ha conseguido algo que se intenta lograr en muchos lugares pero que no siempre se logra: abrirse a la ciudad. Elche alcanzó esta meta hace tiempo, a base de años de experiencia y de dedicación. En la edición del 2006 se repitió la experiencia de diversificar los lugares de proyección de las películas, de modo que pudo verse cine en l´Hort del Xocolater, en la playa de los Arenales del Sol, en el Teatro Principal, en los Cines Odeón y otras plazas de la ciudad.
Sección oficial: concurso de cortometrajes
Esta vez la sección oficial a concurso estuvo compuesta por 81 cortometrajes de los más de 400 presentados a competición (incluyendo los formatos de 35 mm, los vídeos, los documentales y los trabajos de animación), lo que dio lugar a sesiones más breves que las del año anterior.
Pese a la presencia de algunos trabajos muy pobres (alguno realmente ominoso), en el festival pudo comprobarse el nivel -bastante bueno- de la cosecha del cortometraje español de esta temporada. A continuación este humilde cronista comentará brevemente lo más destacado que pudo verse en el festival. Hay mucho donde escoger.
Banal, de David Planell, 12'. Sátira sobre el turismo de la miseria (la costumbre de visitar zonas deprimidas y/o en guerra durante las vacaciones) que practican algunos miembros “concienciados” de la clase media. Funciona razonablemente bien como burla de los individuos que, bajo una máscara de profundidad, ocultan espíritus frívolos, pusilánimes e insustanciales. La trascendencia confundida con el capricho. No obstante, Banal pierde interés en su segunda mitad, cuando abandona el humor corrosivo y se adentra en un melodrama de manual. David Planell hizo doblete en la sección oficial a concurso, ya que también presentó su trabajo anterior, el exitoso Ponys.
Carne de neón, de Paco Cabezas, 18'. Temible, espantoso cortometraje que supone (por así decirlo) una puesta al día de la comedia clásica de enredo según los cánones del cine comercial actual. Preocupada voz en off, personajes marginales y pintorescos presentados con rótulos de sus nombres, reparto de lujo que combina nombres famosos del cine español con otros principiantes, trama ligera, puesta en escena cargante… Es curioso cómo en España se ha hecho de los elementos más marginales de la sociedad una especie de nuevo folklore. Paco Cabezas parece haber aprendido muy rápidamente la lección. El suyo es un debut tan discutible en lo artístico como prometedor en un sentido puramente económico. Es lo que hay, desgraciadamente.
Casa, de Manuel Sánchez, 6'. Interesante relato de horror que genera desasosiego por su hábil subversión de la lógica narrativa. Cuenta con un final abrupto e impactante.
El castigo, de Isabel Ayguavives, 17'. Un niño es castigado por sus padres porque se niega a comerse un plato de hígado con cebolla. Con esta sencilla premisa, El castigo aborda los temas del fin de la infancia y del consiguiente comienzo del aprendizaje iniciático; ambos tratados hasta la saciedad en el cine. Formalmente impersonal, este cortometraje recibió el premio a la mejor dirección.
El cerco, de Ricardo Íscar y Nacho Martín, 12'. Bello registro en imágenes en blanco y negro del arte de la pesca de atún en las almadrabas de Barbate. En el trabajo de Íscar y Martín se aprecian reminiscencias de la obra de Robert Flaherty: las escenas de lucha de los pescadores contra los peces y las aguas, tomadas de la realidad con afán antropológico, llevan implícitas una cierta mirada idealizadora.
Clases particulares, de Alauda Ruiz de Azúa, 14'. Graciosa y sensual historia de iniciación de dos adolescentes. Lo que comienza como un acuerdo “de negocios” entre ellos termina convirtiéndose en una relación de amor “a la carta” y de educación sentimental. El carácter aparentemente ligero de este cortometraje no debería ocultar el hecho de que se trata de una atinada exploración de la naturaleza posesiva del deseo. Sutil labor de Ruiz de Azúa en la dirección.
Desconocidos, de David del Águila, 12'. La forma de Desconocidos recuerda a Vidas cruzadas (“Short Cuts”, Robert Altman, 1993). Consiste en una serie de historias independientes que, tras un incidente externo e inesperado, se unen durante unos segundos. La diferencia reside en que aquí son cuatro historias, cada una protagonizada por uno de los miembros de una familia cualquiera, dentro del hogar común. Lo cual da cuenta del tema que trata Desconocidos: la incomunicación en el seno de la familia actual, la (todavía) unidad social básica en el sistema capitalista. Se le podría achacar un tratamiento demasiado rígido del montaje paralelo, que le resta capacidad de sorpresa, pero en cualquier caso se trata de un trabajo muy digno y bien resuelto. Fue el justo vencedor del premio al mejor corto de ficción en vídeo.
Domingo, de Nacho Vigalondo, 4'. El creador de 7:35 de la mañana y Choque se saca de la manga otra pirueta sobre una pareja lastrada por el egoísmo y la futilidad. Domingo está rodado en un único plano de estética minimalista y de cuatro minutos de duración donde lo importante siempre queda fuera de campo. Curioso, aunque inferior a otros trabajos de Vigalondo.
En el bosque, de Maja Djokic, 8'. Anecdótica y pueril lectura sexual del cuento de Caperucita Roja, que muestra al lobo como un símbolo sexual muy tonto. El corto es un homenaje al fetichismo, pero adolece de un acabado demasiado amateur. No obstante, recibió el segundo premio en la categoría de vídeos de ficción.
En el hoyo, de David Martín de los Santos, 24’. Dos motoristas sufren sendos accidentes de tráfico y acaban inmovilizados en una cuneta, a pocos pasos de la carretera, sin posibilidades de advertir a nadie de su situación. Rodada con planos más largos de lo habitual en este formato, En el hoyo es una exploración de los terrores que subyacen en el hombre moderno: la erradicación de la sociedad, la imposibilidad de comunicarse en los tiempos del GPS, la reducción del hombre a la categoría de animal salvaje (los protagonistas no pueden sino dar bramidos con la esperanza de que alguien les escuche)… El miedo a ser enterrado en vida. Algunos momentos son formidables, como el plano en el que se ven unas nubes que parecen un rostro cadavérico, respuesta (funesta) a las plegarias de uno de los motoristas que pasa toda una noche rezando por su vida; o su brutal y subyugante final. Posiblemente, los 24 mejores minutos de cine que pudieron verse en la sección oficial; y la confirmación de Martín de los Santos como un excelente cortometrajista.
El gran Zambini, de Igor Legarreta y Emilio Pérez, 15’. Una hermosa fábula, sin diálogos y con muy poca música, sobre un niño que vive con sus padres junto a los restos de un antiguo circo y que desea volar. Un canto silencioso a la imaginación y a la afirmación de que ver es creer. Fue uno de los grandes triunfadores del festival, con tres premios: mejor música, mejor guión y mejor producción.
El ladrón de muñecas, de Fernando Cortizo, 12'. Esforzado cortometraje de animación con muñecos de plastilina, que representa unos sucesos escabrosos que ocurrieron en realidad. Arranca con buenas ideas, pero la excesiva presencia de la voz en off (en verso, por cierto) evidencia una falta de consistencia en su conjunto. Ganó el premio al mejor cortometraje de animación.
Éramos pocos, de Borja Cobeaga, 16'. Brillante comedia, con un poso de amargura que añade texturas al relato, sobre los abusos cotidianos en la vida doméstica y el lugar que se les concede a las mujeres y a los ancianos hoy en día. Un cortometraje divertido, ácido, mordaz, ingeniosamente contado y espléndidamente interpretado. En Elche ha añadido dos premios a su ya larga lista de galardones: segundo premio en la categoría de ficciones de 35 mm y premio al mejor actor para Ramón Barea.
Ëxit.., de Ángel Pascual Berlanga, 6'. Extraño e interesante trabajo de animación en vídeo, de estética surrealista, donde se suceden escenas de seres que intentan escapar de diversas prisiones metafóricas. Un no-relato onírico que encierra una visión muy pesimista de la condición humana en el tiempo presente.
Home Delivery, de Elio Quiroga, 12'. Divertida gamberrada en animación, consistente en una sátira que critica a la mayoría silenciosa a través de una historia de zombies. Aunque se trata de una analogía un tanto vista, Home Deliverty resulta un vistoso alegato a favor de la asimilación de la responsabilidad.
Honorata, de Fran J.S.C., 11'. Cortometraje de animación sobre la necesidad de amor y de comprensión. Una sencilla, humilde y tierna historia, no exenta de humor, que funciona francamente bien.
La Carmen, de Alfredo López Fernández, 17'. Atípica historia de amor de una pareja de jóvenes discapacitados (ella, inválida; él, con secuelas psíquicas tras un accidente de moto). Expone sentimientos a flor de piel, indaga a fondo en la psicología de los personajes y se mete al espectador en el bolsillo con un elíptico final de gran belleza. Excelente trabajo de su pareja protagonista, formada por Fernando Tejero y una sobresaliente L. Cristi.
Libra, de Carlota Coronado, 4'. Cine de denuncia. Un espléndido y contundente cortometraje sobre el abusivo sistema de las oposiciones en este país, a través de una mujer anónima asomada a un abismo vital. Aprovecha al máximo una duración mínima, una puesta en escena muy sencilla y un eficaz uso del plano/contraplano.
Männer am Meer, de Reto Caffi, 13'. Dos viejos amigos se reencuentran después de un tiempo sin verse para irse juntos de vacaciones, pero muy pronto muestran sus diferencias en casi todo. El argumento de este cortometraje alemán no es particularmente novedoso, pero su conflicto está bien narrado: es irónico, amargo y humorístico al mismo tiempo. Reto Caffi plantea una efectiva puesta en escena, introduciendo varios gags a partir de la planificación y creando un paralelismo entre el estado anímico de los protagonistas y su entorno.
Morirdormirsoñar, de Miguel del Arco, 20'. Miguel del Arco sale airoso del difícil problema de representar visualmente la esquizofrenia. Genera una tensión in crescendo que evidencia la galopante enajenación mental de su protagonista. Se trata de un relato generoso en conflictos, capaz de dejar sin aliento al espectador, con momentos brillantes. Buen trabajo interpretativo de sus protagonistas. Ganó el primer premio al Cortometraje de Ficción de 35 mm.
Papeles, de Eliazar Arroyo, 17'. Kafkiano relato sobre una mujer egipcia que busca unos papeles que le permitan regresar a su país de origen. Papeles denuncia sin ambages la indefensión del ser humano frente al poder político, la inhumanidad de la Ley y, en definitiva, la parsimonia de la burocracia.
Pedaleando, de Lluís Hereu, 20'. Curiosa road movie rodada en vídeo, en la que un hombre y su hijo recorren Cuba en bicicleta para recoger un paquete muy especial. El cortometraje supone una pieza de valor documental que testimonia unos lugares y una sociedad erosionados lentamente por el irremediable paso del tiempo y por los estertores de un sistema político y social en decadencia que se resiste a desaparecer, a pesar de las contradicciones que afloran en él. Esta comedia agridulce es tan modesta en sus medios como rebosante en entusiasmo.
Ponys, de David Planell, 11'. Esta historia de 3 amigas que viven una “discusión de borrachera” presenta un guión cargado de mala uva que no decae en ningún momento. El trabajo de David Planell como director se ve muy beneficiado, además de por su más experimentada faceta de guionista, por el fantástico trabajo de su trío protagonista, compuesto por Marta Aledo, Natalia Mateo y Esther Ortega, premiado en este certamen. Ponys recibió además el Premio Especial del Público.
Sintonía, de José Mari Goenaga, 9'. Se trata de una nueva revisitación de la clásica historia de chico conoce a chica, acorde con unos tiempos en los que es muy difícil establecer nuevas y auténticas relaciones personales. Parte de una buena idea, está filmada con delicadeza y bien interpretada.
Tener y ser, de Gaspar D. Pomares, 18'. Documental sobre la expropiación de la casa de un matrimonio de ancianos. Es decir, trata prácticamente el mismo tema que La casa de mi abuela de Adán Aliaga, si bien se diferencia de ésta en el tratamiento visual, que sigue la sobriedad formal de la escuela de José Luís Guerín, entre otros. A pesar de que la historia podría haber dado mucho más de sí, y de sus defectos (su desafortunado título, el hecho de que se vea al realizador reflejado en un espejo mientras rueda en tres planos diferentes), la película es reivindicable por su honestidad y su compromiso con lo que cuenta.
Vecinos, de Marcelo Mosenson, 20'. Hermosa historia de soledad y de necesidad de afecto que tiene un accidente cotidiano (el olvido de las llaves de casa) como desencadenante narrativo. De este corto argentino habría que destacar el profundo análisis psicológico de los personajes que aborda, su contención emocional y su hermosa humanidad. Se mueve en las mismas coordenadas que los trabajos del desaparecido Juan Pablo Rebella y de Pablo Stoll. Sin duda, fue otro de los momentos álgidos de la sección oficial a concurso.
La venganza, de Enrique Vasalo, 22'. Relato de terror basado en Edgar Allan Poe y rodado en blanco y negro que consigue crear cierto suspense con su planificación, pero que queda muy desmejorado por su exasperante sentido del montaje que, entre otras cosas, provoca un uso desmedido de una voz en off bastante ridícula. Fallido.
Verano o los defectos de Andrés, de Jorge Torregrosa, 22'. Inmersión en las pasiones humanas a través de dos parejas que pasan sus vacaciones juntas en una casa de campo. Torregrosa dibuja un personaje protagonista erotómano e hipersensual, atractivo para hombres y mujeres, incapaz de controlar su deseo. Así, el cortometraje da pie a historias de sexo y de celos, dando como resultado una pieza carnal e insinuante. Recibió el premio a la mejor fotografía.
Volver a Villaro, José Javier Pérez Prieto, 29'. Documental de corte televisivo que muestra los efectos del alzheimer y la forma de combatirlo a través de un anciano enfermo. Combina entrevistas a familiares con imágenes de los quehaceres cotidianos en una residencia especial. Desde un punto de vista ilustrativo o informativo cumple con su cometido; pero cinematográficamente es más bien pobre. Ganó el premio al mejor documental, y cuando su creador fue a recoger el premio varios exaltados comenzaron a vociferar “¡tongo! ¡tongo!”, protagonizando así un bochornoso espectáculo, sin duda la escena más dantesca de todo el certamen provocada por el mal perder de ciertas personas.
Palmarés:
Premio Honorífico: Laura Valenzuela.
Premio de Honor a la mejor producción del festival: El gran Zambini, de Igor Legarreta y Emilio Pérez.
Primer premio: mejor película en 35 mm: Morirdormirsoñar, de Miguel del Arco.
Segundo premio: segundo clasificado en 35 mm: Éramos pocos, de Borja Cobeaga.
Premio al mejor vídeo de ficción: Desconocidos, de David del Águila.
Premio al mejor documental: Volver a Villaro, de José Javier Pérez Prieto.
Premio a la mejor producción de animación: El ladrón de muñecas, de Fernando Cortizo.
Premio al segundo clasificado en vídeo ficción: En el bosque, de Maja Djokic.
Premio del público: Ponys, de David Planell.
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Trofeo Dama a la mejor dirección: Isabel Ayguavives, por El castigo.
Trofeo Dama al mejor guión: David Abia, Igor Legarreta y Emilio Pérez, por El gran Zambini.
Trofeo Dama a la mejor interpretación femenina: Marta Aledo, Natalia Mateo y Esther Ortega, de Ponys.
Trofeo Dama a la mejor interpretación masculina: Ramón Barea, de Éramos pocos.
Trofeo Dama a la mejor fotografía: José David Montero, por Verano o los defectos de Andrés.
Trofeo Dama al mejor montaje: Antonio Frutos, por Carne de Neón.
Trofeo Dama a la mejor música: Fernando Velázquez, por El gran Zambini. |




















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