FECINEMA: unas cuantas buenas películas en una ciudad acogedora

Un texto de Toni Junyent

Mi llegada a Manresa, esta vez, no fue precisamente gloriosa. Llegué el viernes (20 de noviembre), recogí mi acreditación y me dispuse a tomar la dosis habitual de cafeína para no dormir durante la primera película. Fui a un bar y me dieron una Coca Cola de lata, literalmente helada, que me sentó como un tiro, aunque quizá esa fuera la gracia, ya que en un Festival Internacional de Cine Negro se supone que tiene que haber tiros y heridos. Lo primero que descubrí es la razón por la que Cul de sac (Polanski, 1965) es un filme del que apenas se habla. Es un intento fallido de comedia absurda, que no funciona por más que Donald Pleasence ponga voz de borracho entrañable y Françoise Dorléac sea guapa, y que sólo arranca cuando faltan veinte minutos para que termine. Y eso, a un slasher ochentero, se lo podemos tolerar, pero a una película en blanco y negro que dura 113 minutos, no.

Después de Cul de sac tocaba The road (John Hillcoat, 2009), adaptación del libro homónimo de Cormac McCarthy y uno de los platos fuertes del festival. Plato fuerte a nivel mediático, se entiende, porque la película, en realidad, no es gran cosa. Una adaptación esforzada, correcta y fiel al excelente libro que adapta, pero que no deja de ser exactamente lo que uno cree que va a ser. Si se ha leído el libro, no se hallará otra cosa que una ilustración competente de algunos de sus pasajes, realzada por la fotografía de Javier Aguirresarobe y sostenida por unas buenas interpretaciones. Pero allí donde Cormac McCarthy nos estremecía con su cruda y austera lírica del fin del mundo, Hillcoat se limita a ofrecernos una serie de postales postapocalípticas, algunas más efectivas que otras. Nada fuera de lo común.

El FECINEMA (Festival Internacional de Cinema Negre de Manresa) puede ser un festival pequeño, humilde, en el que los cines están dentro de un Opencor, en el que los días entre semana hay cuatro gatos, pero no sería justo reconocer aquí el trabajo que se hace cada año para confeccionar una programación completa, con películas esperadas y otras que puede ser grato descubrir. A la mencionada The Road, que fue la película de clausura de Sitges, cabe añadir filmes como Un Prophete, gran premio del jurado en el pasado Cannes; Das weisse band, lo último de Haneke; el Bad Lieutenant de Werner Herzog y Nicolas Cage; Paranormal Activity, un discutido fenómeno terrorífico que está dando que hablar, o la espléndida Zombieland. A estas y otras películas cabe añadir algunas pequeñas retrospectivas –una de Bill Plympton, por ejemplo- y el encanto de una ciudad acogedora como Manresa, eje de la llamada Catalunya Central, donde además este año no hizo tanto frío como el año pasado. El Barça empató en San Mamés, también lo vimos allí, pero ese fue un mal menor porque luego el Inter fue un mero pasatiempo y con el Madrid bastó un gol de Ibra. El festival se divide en tres secciones: la oficial de cine negro, otra llamada Pantalla de Actualidad, que suele proyectar películas que van a estrenarse en breve, y la más reciente, la sección de género fantástico, compuesta en su mayoría por películas provenientes del Festival de Sitges.

Hechas las presentaciones, volvamos al cine: el sábado fue, de largo, el día más provechoso de esta edición del festival. Con motivo del premio honorífico que le iban a dar al actor Jordi Dauder, se proyectó Camino de Javier Fesser, una de las películas que me perdí el año pasado. Y debo decir que fue la que más me gustó de las que vi en Manresa. Un drama durísimo, sí, pero a la vez una tremenda película de terror que invierte sin pudor alguno la simbología y el discurso del cine satánico de toda la vida para que esta vez el elemento de terror sea Dios y, en particular, el Opus Dei, una de las organizaciones que operan, supuestamente, en su nombre. En cuanto a la polémica que hubo cuando la película se estrenó, acerca de la supuesta manipulación de los hechos por parte de Fesser, diré que no conozco la historia real en la que se inspira la película, pero sería una necedad afirmar, como afirmaron algunos, que Fesser no toma partido, describiendo al Opus como una secta de fanáticos oscurantistas. Pero la película del director del Milagro de P. Tinto, rica en escapadas fantásticas a lo Terry Gilliam, no pretende ser un documental ni una hagiografía, sino una angustiosa experiencia, y lo consigue, gracias a la fuerza de sus imágenes y a unos actores inspirados, en especial Manolo Venancio, el padre, el héroe trágico de la historia. La película podrá estar más cerca o más lejos de la realidad, pero, como decía Robert Crumb en una entrevista reciente a El País a raíz de la publicación de su versión dibujada del Genésis: “Es imposible no ofender a aquellos que quieren ser ofendidos”. No le falta razón, y es que hay determinados credos y organizaciones que, aunque se rasguen las vestiduras cada vez que alguien les señala, viven en realidad de la ofensa y del descrédito, se crecen ante el oprobio, les gusta el martirio propio y el ajeno, porque saben que sólo pueden seguir viviendo dentro de los incendios.

Tras Camino, que dura dos horas y media, me metí a ver una película aún más larga, Un Prophete, el último Gran Premio del Jurado del Festival de Cannes. Previsible ganadora de la sección oficial del certamen, la nueva película de Jacques Audiard es un elegante pasatiempo, aún durando dos horas y media. Se trata de un drama carcelario y a la vez una película de iniciación a la supervivencia, rodada con voluntad de hacer cine directo, tenso, violento física y verbalmente, en el que la prisión es un laberinto de lealtades y puñaladas en el que hay que escoger rápido con cuál de los malos estás. Los mejores momentos de la película, sin embargo, son aquellos en los que Audiard apuesta por lo visual, por la imagen antes que por las palabras. Y, de todas formas, lo que nos cuenta ya nos lo han contado antes. Pero no es una mala película, desde luego, y se agradece que no haya concesiones al sentimentalismo y al dramón barato.

Desde hace unos años, en el festival de Manresa, hay un ritual entrañable que precede a la película sorpresa de la sesión golfa del sábado. Se trata del asesinato simulado del crítico valenciano Antonio Busquets, que es tiroteado impunemente tras presentar la película que se va a ver. Este año incluso repartieron una esquela, en la que se mencionaba a personajes de moda como Félix Millet y Paco Camps, y la culpable del asesinato fue una mujer de cuyo culo habíamos estado hablando en los momentos previos a la proyección. El tal Busquets manifestó que su intención secreta desde que viene invitado al festival es lograr que en la sesión golfa se proyecte la película Xanadu (Robert Greenwald, 1980), pero que, una vez más, se ha quedado sin lograrlo, y lo que íbamos a ver era Sukiyaki Western Django, el homenaje de Takashi Miike al spaghetti-western, secuela apócrifa del Django de Sergio Corbucci. Ya la habíamos visto, y es bastante aburrida, así que abandonamos la sala y nos fuimos a beber.

Dos películas quedaron para el domingo, Ricky de François Ozon y la imponente El lazo blanco de Michael Haneke. La primera es una imprevisible comedia fantástica con niño alado, delirante y curiosa, cuya mayor baza es la intención expresa de no explicar el origen de las alas del bebé ni pretender darle a la fábula lecturas secundarias que justifiquen los hechos. Un divertimento algo extraño, que no se alarga más de la cuenta.

La película de Haneke sumió a su público en un estado de trance. Cuando terminó, la gente se levantaba silenciosa de las butacas, evitando las miradas ajenas, apenas articulando polisílabos. Había algunos espectadores cautivados, otros confundidos, muchos aletargados.[1] Personalmente, no me dormí, y como mínimo, durante el visionado de El lazo blanco no dejaba de tener la sensación de que dentro de la película tenía que haber otra película, aún mejor, y me pasé esas dos horas y media que dura el filme fascinado, si no con la película en sí, con la existencia de esa otra película, allí donde la cámara de Haneke no llega, detrás de las puertas y fuera de los planos. Quizá todo esto no sea más que otra forma de decir lo que dice todo el mundo sobre el filme, que es una película de anticipación, una antesala de la maldad, la cerilla mal apagada, adrede, que hizo estallar la Segunda Guerra Mundial.

Supo mal perderse Film Noir, una película de animación coproducida entre EEUU y Serbia, que tenía muy buena pinta, y Los condenados, la primera incursión en el territorio de la ficción de Isaki Lacuesta, pero después del crepitante blanco y negro de Haneke ya sólo nos quedaba la noche de domingo manresana, más bien la madrugada, así que abandonamos hambrientos la capital del Bages y decidimos aparcar la serena reflexión sobre la última obra de Haneke hasta la mañana siguiente, o la otra, cuando nuestros estómagos volvieran a estar contentos.


Notas:

1. La sensación de letargo general –un letargo no tiene por qué ser negativo si ha sido placentero- me hizo pensar en la definición del cine de duermevela que apareció recientemente en una entrada del blog Pretenciosidad, en la que se atribuye dicha definición al cineasta Michael Winterbottom. (leer el texto). [Volver arriba]

























































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