El cant dels ocells (El cant dels ocells, Albert Serra, 2008) Se odia o se adora Un texto de Carlos Balbuena Hablar de Albert Serra es hacerlo de un tipo peculiar, de un cineasta que camina a contracorriente. Arrogante, bufonesco y brillante a partes iguales, referirse a Albert Serra (al menos al Albert Serra que se muestra en público y que habla de su propia obra en términos absolutamente hiperbólicos) es lo mismo que referirse a su cine, porque así es exactamente como podrían definirse sus películas: arrogantes, bufonescas y absolutamente brillantes.
Autor de sólo tres largometrajes, crespià (prácticamente desconocido y centrado en la cotidianeidad de los habitantes de su pueblo, Bunyoles), Honor de cavalleria (adaptación libérrima y pasoliniana del Quijote) y la que nos ocupa, El cant dels ocells (que relata de forma fascinantemente terrenal la travesía de los tres Reyes Magos), el cineasta catalán se ha convertido ya en uno de los iconos de la vanguardia cinematográfica, como demuestra el hecho de ser un fijo en una de las secciones prestigiosas del festival de Cannes. Sin embargo, como ya dijimos en su día a raíz del estreno de Honor de cavalleria, uno tiene la sensación de que el cine de Albert Serra no dejará de ser nunca carne de festival y de no más de un par de salas minoritarias; “marginalidad” (que no deja de tener algo de elitismo) que se fomenta desde la propia concepción radicalmente libre de las películas. Pues bien, tras ver El cant dels ocells, esa sensación no sólo se mantiene, sino que se multiplica: más libre, más radical en sus planteamientos, más excéntrica, más abstracta, más depurada, más estilizada, más cerca de “lo sublime”, pero por momentos también más cerca de lo patético, de lo grotesco, de lo absurdo y, lo que es más importante, más consciente de todo ello que Honor de cavalleria. Por lo tanto, ¿hay alguna duda?, El cant dels ocells es una película para minorías (y no hablo de minorías en un sentido elitista, sino simplemente eso: les gustará sólo a unos pocos, el resto la detestará).
Me declaro desde ya perteneciente a esa minoría. Me fascina su potencia plástica tanto como la divertidísima ingenuidad de sus diálogos improvisados; me fascina su condición de cine “puro”, despojado totalmente del lastre de la dramaturgia y la narratividad, tanto como la finísima línea que la separa de la payasada garrula, línea que Serra no sobrepasa nunca aunque se sitúa en muchas ocasiones sobre ella; me fascina su irreverencia con las convenciones tanto como su reverencia hacia cineastas como Pasolini, Bresson o Straub; me fascina su compleja puesta en escena tanto como su inocente, casi tontorrona relación con el dispositivo cinematográfico (imprescindible ver el making of de la película Waiting for Sancho, realizado por el crítico canadiense Mark Peranson, que a su vez interpreta a San José en la película de Serra). Me fascina, me fascina, me fascina.
Sé que es demasiada fascinación, casi fundamentalista, para un solo texto, pero resulta difícil asumir una postura no radical frente a la propuesta de Serra: muchos, la mayoría (y Serra es perfectamente consciente) la detestarán sencillamente porque les parecerá una tomadura de pelo, y no les costará encontrar argumentos ara ello, porque realmente lo parece; algunos, pocos, la minoría (y Serra es también consciente, y además le encanta) la adorarán porque detrás de esa apariencia de “boutade” se esconde toda una declaración de intenciones, toda una fina línea de investigación en busca de las posibilidades expresivas de un medio que ha sido durante mucho tiempo esclavo de reglas como la narración, el figurativismo, la dramaturgia, el guión, los actores y sus dichosos métodos… Lo que se pregunta Serra es qué pasa cuando los personajes no callan a las personas que los interpretan; cuando la narrativa, la historia, el guión y las situaciones demasiado prefabricadas no coartan lo que puede llegar a pasar delante de una cámara. Y el resultado puede ser desconcertante, sí, pero da cuenta de lo poquísimo que el cine ha explorado en sus capacidades expresivas y narrativas hasta la fecha (Para que quede constancia, Serra no es el gurú del cine más experimental, ni mucho menos, es sólo uno de los muchos que exploran esos caminos: desde Gus Vant Sant hasta Apichatpong Weerasethakul, pasando por Lisandro Alonso, Paz Encina, Pedro Costa, Raya Martin, Abbas Kiarostami, José Luis Guerín o Pere Portabella, la nómina de cineastas que no se pliegan a las convenciones es muy, muy larga).
En definitiva, este extravagante periplo de los Reyes Magos, sin mitología, sin iconografía religiosa, sin un ápice de mística; este viaje polvoriento, terrenal, agotador, más bien grotesco y, por momentos divertidísimo, rodado en un maravilloso blanco y negro propio del mejor Philippe Garrel; esta travesía suicida, sin destino claro que ha emprendido Albert Serra es la película del 2008. |

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