Hombre pintando (Víctor García, 2009) Evocando a Erice Un texto de Carlos Balbuena Muchas veces hemos acusado desde aquí (y lo seguiremos haciendo a la menor oportunidad) a los sectores de la distribución y la exhibición de ineptitud, de ceguera galopante y de incapacidad absoluta para atender (y entender) a un cierto tipo de cine al que ni por asomo tienen la intención de darle una oportunidad. Algo parecido ocurre con cierta crítica, ¿cómo llamarla? ¿generalista?, que no se aparta un ápice de la “oficialidad” de las salas de estreno y de las propuestas que transitan cómodamente por la autopista de los circuitos comerciales al uso. Como el debate al respecto es eterno y demasiado áspero como para tratarlo en profundidad aquí y ahora, y como seguramente la cosa seguirá igual por los siglos de los siglos, baste decir, simplificando mucho, que la solución para estas propuestas “invisibles” pasa, cómo no, por la autodistribución, por la autoexhibición, por la autopromoción,… por Internet, vaya. Internet es también nuestro medio. Y por lo tanto creo sinceramente que nos toca a nosotros, a revistas como Contrapicado.net, hacernos eco de esta “industria paralela”, creo que tenemos una cierta obligación de abrir los ojos, de estar atentos a los movimientos que tienen lugar en los márgenes y, por supuesto, de dar cuenta de ellos. Cosa que no siempre hacemos, seguramente porque demasiado a menudo nos mueven ciertas (innecesarias) aspiraciones de llegar a codearnos con eso que podríamos llamar “la élite de la crítica”. En fin, que, en el fondo, todos somos culpables de ese ninguneo, y, aunque sólo fuera por pura honestidad, deberíamos tratar de remediarlo.
Hombre pintando no es la primera ni mucho menos será la última película que se mueve exclusivamente por canales alternativos; que directamente rechaza (tal vez para evitar ser rechazada) las pantallas convencionales de exhibición para dejarse ver (tras su paso por Documenta Madrid 2009) en la intimidad de la pantalla del ordenador. No es, decimos, la primera ni será la última, pero es un ejemplo perfecto de lo que decimos, de por dónde pueden, o mejor dicho, de por dónde van los tiros. Y nosotros (nos comprometemos a que sirva de precedente) estamos aquí para dar cuenta de ello.
Por lo demás, la película es exactamente lo que el título promete: la radiografía del proceso un hombre pintando. No cuenta otra cosa que el exhaustivo proceso de creación del último cuadro de la serie paisajes interiores, del pintor catalán Alfredo Romero. Por supuesto, la película se va construyendo a medida que el cuadro va tomando forma; de la misma manera que la cámara se va adaptando a la movilidad del pintor por los distintos espacios de su casa taller: ahora la terraza, ahora el interior, ahora en el sofá, otra vez a la terraza, etcétera.
Esa es la premisa Víctor garcía, en lo que parece, más que un homenaje, un calco de la premisa que dio lugar a El sol del membrillo. Los ecos de la película de Erice van adquiriendo una presencia tal que, a medida que avanza la película (y el cuadro va adquiriendo forma), amenazan con anular la entidad y la autonomía de la propuesta. Consciente de ello, no parece, sin embargo, que a Víctor García le importe demasiado que su película quede ninguneada por la dimensión de su modelo, y se lanza a tumba abierta sin salirse un ápice de su propuesta. Con lo cual, además de demostrar ciertas dosis de valentía, consigue, a fuerza de insistir, encontrar un par de aspectos en los que Hombre pintando se desvincula de El sol del membrillo. Un par de aspectos que no son poca cosa, porque en ellos reside parte de la esencia de ambas películas y gran parte de la transcendencia, densidad y relevancia del resultado final.
Aspecto uno. Antonio López no es Alfredo Romero, obviamente; y con ello quiero decir que el hiperrealismo exacerbado de Antonio López se convirtió en la obsesión y en la razón de ser de la película de Víctor Erice y a su vez, esa puesta en escena de la película tiene sentido en función del pintor al que se está “retratando”. Y Erice y Antonio López llevan ese “intercambio” de hiperrealismos hasta las últimas consecuencias. Pues bien, Víctor García comete, bajo mi punto de vista, en ese sentido, dos errores de concepción: en primer lugar, en buena parte de la película opta por una puesta en escena férreamente hiperrealista, sin apenas elipsis, con encuadres de esos que se llaman invisibles, respetando el espacio y los tiempos del pintor y, sin embargo, el pintor, su obra, su estilo, su trazo y su temática van por un camino completamente distinto, lo cual no deja de resultar desconcertante. El otro error, más que de concepción, es de rigor, puesto que, pese a “equivocarse” (y escribo “equivocarse” sendo consciente que el que puede estar equivocado soy yo) en la decisión general de puesta en escena, por momentos le es infiel a esa decisión y busca con los encuadres expresivos, con el montaje hasta cierto punto más dinámico, acercarse, ahora sí, a los presupuestos estéticos que sigue el pintor. Lo cual aumenta aún más el desconcierto.
Aspecto dos. Víctor garcía no es consciente, o al menos no lo refleja en la película, de la decisiva influencia que la cámara tiene en las personas que se retratan y en aquello que hacen mientras son retratados. Quiero decir que el hecho de que la cámara haya estado por ahí, inevitablemente ha afectado al proceso de elaboración del cuadro. No necesariamente ha tenido que ser una influencia negativa, pero lo que es seguro que la cámara nunca es inocente. Creo que si eso hubiese quedado reflejado de alguna manera en el resultado final, la película hubiese ganado en densidad. Volviendo a El sol del membrillo, el momento más hermoso es, precisamente, cuando Erice graba el dispositivo que a su vez graba un membrillo caído al suelo. Es el momento en que se evidencia que la presencia de la cámara y de todo lo que lleva consigo un rodaje, por pequeño que sea, cambia necesariamente el curso de los acontecimientos. Y eso, de ninguna manera, queda reflejado en Hombre pintando.
Seguramente no es justa la comparación entre ambas películas, pero ocurre que Hombre pintando es consciente y obsesivamente deudora de El sol del membrillo, por lo que desde su premisa inicial parece quedar claro cuál es el espejo en el que se mira y su baremo de referencia. Dicho lo cual, y planteados ya los peros, es justo decir que Hombre pintando es una película arriesgada, razonablemente radical en sus planteamientos, que mantiene intacto cierto interés (y algo parecido al suspense) fundamentado en la incertidumbre propia del proceso recreación de la obra de arte y que, pese a todo, Víctor García sale bien parado del órdago a Erice. Es, en fin, una película meritoria que ha encontrado en Internet su lugar en el mundo. |












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