El baile de la victoria  (Fernando Trueba, 2009)

Lesiones cinematográficas

Un texto de Ricardo Adalia Martín

Resulta difícil de entender cómo en una película que lleva inscrito en su propio título el golpe de efecto en el que confluirán las historias de sus tres personajes protagonistas, este haya sido rodado de una forma tan descuidada y vacía como para convertirlo en algo anecdótico dentro de un desarrollo narrativo que además nos ha ido vendiendo lo excepcional de su acontecimiento. En primer lugar porque Victoria (Miranda Bodenhofer), bailarina que no puede articular su voz desde que sus padres fueran secuestrados y asesinados en el tiempo de la dictadura de Pinochet, que se ha ido dibujando de forma insistente durante todo el metraje como un personaje que es todo sentimiento, en el momento más esperando de su vida, cuando podrá expresarse a través del cuerpo en la forma que no puede hacerlo con las palabras, no pase de ejecutar unos pasos de baile más allá de como lo haría un aspirante de Fama, ¡a bailar!

Pero si la torpeza interpretativa resulta llamativa, aún lo es más la de Fernando Trueba al construir ese momento. Obviando su importancia a base de cortar el baile de (la) Victoria como si de un videocplip al uso se tratase, negando la posibilidad de que su movimiento armonizado proyecte una personalidad reprimida, para buscar una continuada e inexplicable justificación con contraplanos afirmativos en las miradas de Vergara Grey (Ricardo Darín) y Ángel Santiago (Abel Ayala),

Sobre estos dos personajes y su relación arquetípica de maestro-discípulo nacida de diversas fluctuaciones genéricas, se intenta construir el tono de la película tratando de alcanzar el camino que separa el western del noir, sin llegar a salir de las vías secundarias del realismo mágico con olor a romanticismo melancólico de algún tiempo mejor. Y es que para Trueba, el western es únicamente una buena cabalgada y el noir un hombre con sombrero fumando en una postura imposible. Pero si hubiera aplicado a sus personajes lo que son ante todo estos dos géneros, es decir, una posición ética en un mundo por civilizar o en uno donde la corrupción ya le ha superado (caso del Chile que nos presenta), no hubiera tenido que delegar su dibujo en los innumerables soliloquios (sobre todo los de Ángel Santiago) explicativos de lo que piensan, hacen o piensan hacer.

La cuestión del posicionamiento no resulta baladí en una película que parte de un impulso crítico hacía una democracia a la que se considera vendida a un sistema económico que ha inyectado una forma de vida que trata de olvidar la herencia de la dictadura que ha dejado detrás. Donde un héroe genérico actuaría en el presente que le ha tocado vivir desde sus coordenadas éticas para realizar un sacrifico social, Trueba deja a sus héroes a merced de cómo sople el viento en la tarea de ajustar cuentas con su pasado personal, intentando retrotraer sus vidas a un punto donde quedaron suspendidas por la dictadura (con metáfora carcelaria incluida). La contradicción se hace patente cuando se critica a una sociedad por haber perdido sus valores grupales en las redes del robo y la corrupción, para dar una solución que pasa por una emulación convertida en valida por la forma romántica de llevarla a cabo (robar el dinero que robó Pinochet).

Si todo lo que se ha ido exponiendo es una muestra de un todo totalmente inconsistente, seguramente quedemos perplejos al comprobar que una película con un enorme impulso industrial, que nace de un Premio Planeta (El baile de la victoria, Antonio Skármeta, 2003), que se fabrica con la intención de ganar un Oscar y se promociona con una gigantesca campaña de marketing, puede tener (en estos tiempos) fallos graves de realización. El momento en que se conocen Ángel y Victoria, en una noche fría en las puertas de un cine x, él la invita a comer una especie de bocadillo para entrar en calor. Tras presenciar cómo se prepara con todo tipo de salsas, un corte nos conduce a un parque donde aparecerán comiéndoselo mientras disfrutan de una luminosa mañana. Y no, esto no es una elipsis. Es un fallo anecdótico dentro de un rodaje hiper-profesionalizado del denominado cine español, que sintomatiza una peligrosa tendencia: donde el gusto artístico y el debate estético ya no tienen cabida en un espacio plenamente industrial, los directores elegidos para sostenerlo renuncian incluso a su oficio, parapetados por la coartada que ofrece el bien común de lo patrio.

El tiempo en que una película nacía con la intención de ser solamente una película ha pasado. Una vez construido el espacio donde ser recibidas y la mentalidad para verlas, trabajos como Ágora o El baile de la victoria se construyen como ensamblajes de imágenes a la deriva que encuentran su justificación en la marca comercial en que se han convertido sus autores y el cine que dicen representar. En el tiempo en que muchos de nosotros comenzamos a ver cine acudiendo a las salas de los multicines, descubrimos en ellas (más tarde o más temprano) que el cine podía ser algo más. Las generaciones que se acerquen hoy de la misma manera, deberán descubrir en primer lugar que el cine puede ser algo.

































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