2012 (Roland Emmerich, 2009) Demoliciones Emmerich, S.A. Un texto de Evaristo Martínez El alemán Roland Emmerich debería mirarse lo suyo con ese megalómano complejo de destructor de civilizaciones que arrastra desde hace años. Puede que todo venga porque Hollywood nunca le tomó demasiado en serio cuando emulaba a Tobe Hooper y Steven Spielberg en películas adolescentes y ochenteras como El secreto de Joey (1985) o El secreto de los fantasmas (1988). Quizás para vengarse de aquello, una vez asentado en el fantástico más comercial con Soldado universal (1992) o Stargate (1994), decidió cargarse desde dentro, con palomitas como metralla, los símbolos más queridos del imaginario estadounidense.
Desde entonces, salvo contadas excepciones, ha venido repitiendo el mismo esquema en títulos como Independency Day (1996), Godzilla (1998) o El día de mañana (2004), una espiral de éxtasis apocalíptico que culmina ahora en esta 2012 que quiere ser algo así como “la mayor película de catástrofes jamás contada”… aunque lo que consigue, por más que parezca difícil con tan ilustres antecesores, es convertirse en “la película de catástrofes más inverosímil jamás contada”.
Como obra que aspira a ser la quintaesencia del subgénero, 2012 reúne todos los tópicos habidos y por haber, y alguno de propina: un escritor fracasado que desperdicia su talento en trabajos de segunda; su ex mujer, que sigue sintiendo algo por él aunque ahora esté casada con un cretino que de puro simple cae bien; los niños, una con trauma infantil y otro con rechazo a la figura paterna; un excéntrico locutor de radio cuyos mensajes conspiranoicos y catastrofistas nadie cree; un científico comprometido y engañado por su propio gobierno; un egoísta magnate ruso y su irritante prole; un presidente negro dispuesto a sacrificarse por su país y por toda la humanidad…
Sin embargo, a pesar de este panorama, hay algo en 2012 que despierta la simpatía del espectador: su propia asunción, al menos en buena parte del metraje, de película de entretenimiento puro y duro, entendiendo este concepto como una invitación a dejarse llegar por el siniestro encanto de la destrucción global del planeta aunque sea a costa de dinamitar las leyes físicas más elementales. Así, durante la rocambolesca huida de los protagonistas de Los Ángeles a China, el filme adquiere el ritmo desenfrenado y la estética de golpe y porrazo de los “cartoons” de Tex Avery, burlando cualquier lógica narrativa y convirtiendo a las aventuras del Coyote y el Correcaminos en puro cinéma verité.
Aunque el metraje es excesivo, y sobran varias tramas secundarias, 2012 se salva de la hoguera por su condición de película chiste y por el gran John Cusack, que como siempre sabe cuándo tiene que imprimir a sus personajes ese carácter guasón que tan bien borda. Y un último apunte: el presidente que por descarte encarna Danny Glover (Morgan Freeman ya lo hizo en Deep Impact (1998), de Mimi Leder) sustituye las armas por la dialéctica y la fuerza bruta por la espiritual en una demoledora demostración de que Hollywood ya vive en la era Obama. |






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