El soplón (The Informant!, Steven Soderbergh, 2009) Un juego de persecuciones muy bien orquestado Un texto de Giorgia Del Don No pasa a menudo que una película te deje desorientado, no permitiéndote saber con exactitud si lo que acabas de ver te ha gustado o no. Una cuestión tan simple y básica que, no obstante, no encuentra, en estos raros casos, ninguna respuesta satisfactoria. Si tomamos el caso específico de El soplón, aunque a veces la historia nos aburra un poco, complicándose demasiado, uno no puede negar que la película es divertida, una buena manera de pasar el rato, siguiendo las excéntricas aventuras de un personaje apasionante en su cotidianidad. Pero, por otro lado, todo en la personalidad de Mike Witacker parece demasiado sencillo, banal, y el espectador se siente en cierta manera engañado: ¿Qué hay detrás de esta cara de pasmado que nuestro héroe (¿o antihéroe?) nos propone a lo largo de toda la historia? Si por un lado las razones que empujan a un joven genio de la bioquímica a denunciar las prácticas fraudulentas de su empresa nos parecen justificadas, incluso heroicas, por otro lado uno no entiende, de verdad, cómo nuestro protagonista pueda ser, de repente, tan honesto, arriesgando su carrera, su seguridad, su prestigio; todo eso para vengarnos a nosotros, los consumidores...Algo se nos escapa. ¡De eso no hay duda!
Para llevar a cabo su plan, Mark tiene que convencer al FBI, dándoles pruebas concretas de estas presuntas prácticas ilícitas. Así, durante cinco años, desde 1992 hasta 1996, nuestro héroe se convierte en espía de los servicios secretos americanos: micrófonos y cámaras escondidas por todos lados, secretos y conspiraciones se vuelven elementos cotidianos. Al comienzo todo parece fácil, pero con el paso de los años las cosas se complican de manera impresionante, las afirmaciones de Mark vacilan, sus testimonios no coinciden con pruebas concretas, hasta que, al final, se descubre la implicación del mismo protagonista en las prácticas ilegales de su sociedad. Mark quiere que la verdad triunfe, ¿pero de qué verdad se trata? Una verdad utópica, que no existe, que va a ser fabricada por una mente perversa y absurda. La verdad no se encuentra en los hechos, delirantes y más y más complicados, sino en la personalidad inquietante de Mike, que se pierde en los meandros oscuros de una historia inexistente. Al final no queda nada más que un delirio generalizado, grotesco y divertido, un vaivén entre la acción propiamente dicha y los comentarios ridículos e incomprensibles del protagonista.
La nueva película de Soderbergh nos confunde no solamente desde el punto de vista más evidente de la historia (un espionaje industrial llevado a cabo por un personaje mitad loco mitad héroe) sino también desde el punto de vista formal. La fotografía, para empezar, que intenta reconstruir una ambientación típica de las películas Indie de los 90 (época en la que se ambienta la historia, adaptación de un hecho real), pero que al final lo envuelve todo en una monotonía sureal; pasando por los diálogos, a veces repetitivos hasta ser banales; y llegando, por fin, a la transformación física de Matt Damon, tan extrema que quizás sirva para llenar la falta de carisma de nuestro héroe. Todos estos elementos nos obligan a preguntarnos cuáles son los objetivos de Soderbergh: nos obliga a decidir si juzgar El soplón por sus características mas evidentes, situándola así en ese grupo de películas pseudo inde que no proponen al final nada nuevo más allá del enésimo ejercicio de estilo; o al contrario, si considerar estos elementos, aparentemente banales, como si fueran máscaras utilizadas para distraernos sutilmente, como si se tratase del juego infantil del escondite.
En cierto modo el protagonista de El soplón, Mark Whitaker, podría ser considerado como un alter ego del mismo Soderbergh, cineasta a veces desconcertante, que fue capaz de proponer películas independientes y consistentes como Sexo, mentiras y Cintas de vídeo (1989) y al mismo tiempo comedias dramático-populares como Erin Brockovich (2000), o fantásticas como Solaris (2002). Además, como el mismo Whitaker, Soderbergh no deja de acumular sus seudónimos, siendo así al mismo tiempo director, guionista, montador, operador,… de sus propias películas.
Lo que resulta es un enredo muy intrincado de trampas, tanto fílmicas como para-fílmicas, una ambigüedad que nace de la historia, de los elementos concretos del film (fotografía, actuación, manipulación física extrema de los personajes) así como del eclecticismo mismo de Sodenbergh. Todo en El soplón es falso, manipulado; de la misma manera que el cine (sobre todo un cierto cine Hollywodiense de dudosa calidad pero de gran impacto) nos manipula, Mark manipula a sus colegas, al FBI y hasta al espectador.
Quizás la abulia intrínseca en el protagonista, la repetición constante de sus afirmaciones, la creencia ciega en sus mentiras, no sea nada más que un “mantra” muy bien orquestado para distraernos de sus verdaderas intenciones: enriquecerse, destruir a sus adversarios. Hasta el final nos dejamos convencer de que las intenciones de Mark son nobles, heroicas, su cara tan gentil nos atrae con su banalidad, con su falta de malicia; y así nosotros también caemos en la trampa, nos dejamos hechizar por un santón que esconde su perversión bajo un montón de buenas intenciones: actitud universal para rechazar todo impulso crítico, una arma peligrosísima. Al final de El soplón sentimos casi vergüenza, culpables como somos de haber aceptado una actitud, la de Mike, que nos hizo creer en sus buenas intenciones. La película de Soderbergh nos abre los ojos mostrándonos que nosotros también, tan avisados y críticos, no tenemos a veces la fuerza de luchar contra la banalidad. |








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