Las horas del verano  (L'heure d'été, Olivier Assayas, 2008)

En busca del cine perdido

Un texto de Aurélien Le Genissel

Para los que aún duden de que el cine de “autor” francés contemporáneo vive una tormentosa y problemática relación con los tiempos pasados, [1] aquí llega Las horas del verano, la última película de Olivier Assayas, uno de los herederos reivindicados de la Nouvelle Vague. La nueva propuesta de Assayas está dominada incondicionalmente por la idea de melancolía, o, mejor dicho, por el concepto de nostalgia si éste se define como una “tristeza melancólica por el recuerdo de un bien perdido”. Y poco importa que, en el caso que nos ocupa, el bien perdido sea una casa familiar con todas las obras artísticas que atesoraba. ¿Quién duda de que Assayas nos está hablando de cine? Y, más concretamente, de una “cierta idea” [2] de la cultura que el cineasta galo siente amenazada por la globalización y la (post)modernidad.

Las horas del verano cuenta la historia de la desaparición de une madre cuya vida estaba dedicada a la memoria y preservación de la obra de su tío, un reconocido pintor cuyo peso en la familia se percibe en cada objeto, verdaderos tesoros estéticos e históricos. Tras su muerte, la cuestión para sus tres hijos es qué hacer con esta valiosa herencia teniendo en cuenta sus complicadas vidas. El mayor, Fréréric (Charles Berling), cumpliendo la promesa que le hizo a su madre, preferiría conservar el lugar para “transmitírselo a los niños” mientras que los otros dos, Adrienne (Juliette Binoche) y Jérémie (Jérémie Renier), prefieren vender la casa familiar y las obras de arte ya que viven en Shangai y Nueva York, respectivamente, y no pueden disfrutar de ellas.

Una fenomenología de la pérdida, el recuerdo y la memoria llevada a su paroxismo por el valor que atesoran todos los objetos familiares. Pero una sencilla historia sobre el paso del tiempo, ni más… ni menos. Una reflexión pertinente sobre esos momentos en los que se hace visible el final de una etapa, llena aún de las imágenes de un pasado cercano: una casa vacía, una mudanza, una despedida frente a un taxi… De ahí el acierto de un título que, en primera instancia, parecía más indicado para una comedia de amor post-adolescente. Y es que Assayas profundiza en esa sensación crepuscular parcialmente vislumbrada (pero más cerebral, más afrancesada, más Nouvelle Vague…) en Finales de agosto, principios de septiembre (Fin août, début septembre, 1998): el final del verano, encarnación del desasosiego ante el fin de la despreocupación y la huida de los buenos tiempos.

Por una parte está Frederic, defensor de un cierto status quo, que entiende la filiación como un respeto teñido de homenaje. Por la otra, Adrienne y Jérémie, representantes de un nuevo modo de vida para los que la herencia se asemeja más a “una damnación” y que siempre miran adelante, a un futuro lleno de “nuevas oportunidades de mercado” [3]. No es casualidad que los dos hermanos, desinteresados en mantener los lazos con el pasado, vivan en Estados Unidos y China, mientras que el más nostálgico vive en Paris. Aunque el cineasta galo intente evitar un juicio definitivo, el ambiente y los detalles delatan claramente su posicionamiento. Pensamos en la imagen de una obra de Degas guardada en una bolsa Leclerc (el equivalente “glamouroso” de nuestras bolsas de Caprabo) o en la respuesta de los hijos ante dos pinturas decimonónicas: “son de otra época”. Es cierto que la película también incluye escenas más ambiguas como la fiesta final en el que se mezclan juventud y tradición, o el paseo por el museo donde acaban todas las reliquias familiares. Pero el sentimiento que siempre subyace es el de resignación ante un destino irremediable e incomprensible.

Y es que la obra de Assayas encuentra su interés y su imperfección en una simbología un tanto evidente que, tras una historia de carácter intimista, esconde una reflexión más general sobre el camino que deben tomar las sociedades contemporáneas y su relación con un tiempo (y un arte) pasado que aparece más estable. En este sentido, Las horas del verano acierta al plantearse abiertamente el trato que debe darse al pasado para poder seguir avanzando [4]. Y, al contrario de lo que afirman ciertos críticos, aparece como una evolución lógica y natural tras su reciente trilogía sobre una sociedad internacionalizada (Demonlover, Clean, Boarding Gate). Porque de lo que habla Assayas, en el fondo, es de Francia; del hecho de que este país parece llevar un cierto tiempo representando la alternativa, el contrapeso, esa duda un tanto baldía, pero necesaria, al progreso o al cambio. Es uno de sus encantos y, también, un peligro de estancamiento. Como afirma Charles Berling, “es una película sobre la memoria, el lugar de la memoria que pasa de una generación a otra, lo que dejamos a los otros y el estado de Francia hoy en día[5]. Pero la propuesta fracasa en su mise en scène demasiado explicita (y reiterativa) de las posiciones y los argumentos de cada personaje. Una propuesta un tanto simplificadora a la que le falta la complejidad de unos personajes que aparecen demasiado unilaterales y transparentes.

Pese a sus errores, Las horas del verano es otro ejemplo más del carácter baudelairiano (si recordamos el verso del gran poeta francés, “tengo más recuerdos que si tuviera mil anos” [6]) de buena parte de la generación más interesante del cine francés actual. Las épocas de spleen y melancolía también han dado grandes obras. Pero es bueno que vengan acompañadas también por miradas más frescas y alentadoras.


Notas:

1. Como explica el artículo sobre el último trabajo de Arnaud Desplechin publicado este mes en Contrapicado. [Volver arriba]

2. Para parafrasear al Général de Gaulle. [Volver arriba]

3. Según afirman ellos mismos en los diálogos del film. [Volver arriba]

4. Una problemática aún más certera si recordamos que la obra es un encargo del Musée d’Orsay como Le Voyage du ballon rouge de Hou Hsiao Hsien. Las casualidades del calendario hicieron también que, el mismo día en el que viera la película, leyera un articulo en Le Monde (“Bergman, le mal-aimé des Suédois”, para los francófonos) en el que se explica las dudas sobre qué hacer con la casa del genio en Fårö. Un caso paradigmático del tema tratado por Assayas. [Volver arriba]

5. Nosotros subrayamos. Este comentario es muy representativo de los lazos entre las dudas que tiene el cine francés sobre si mismo y sus interrogantes como sociedad o país. [Volver arriba]

6. Poema LXXVI de Las Flores del Mal. Traducción propia. Apuntemos que el poema entero, con su objetivación del narrador, podría ser una clara ilustración del film de Assayas. [Volver arriba]









































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