Los girasoles ciegos  (Los girasoles ciegos, José Luis Cuerda, 2008)

La sartén y la jaula

Un texto de Eduardo Nabal

En uno de los momentos del filme el personaje de Ricardo (Javier Cámara) le dice a su hijo Lorenzo que “el pájaro” ha elegido “la jaula en lugar de la sartén”, es decir, “la reclusión” en vez del “tormento y la muerte”. Esta parece ser la opción de la adaptación, afectada y retórica, que José Luis Cuerda hace de Los girasoles ciegos.

Estamos ante un trabajo totalmente fallido en su resultado final aunque interesante en algunos aspectos de su desarrollo. Como los relatos de Alberto Méndez en los que se inspira, narra la historia de los represaliados por el franquismo y la memoria enterrada de la guerra y postguerra civil españolas. Pero Cuerda evita el dolor, la tensión y el lirismo de la prosa de Méndez en favor de un filme de pocos personajes y situaciones, trasladando la acción de Madrid a un Orense asfixiante con imágenes que, como en La lengua de las mariposas o La marrana, recuerdan más a un escenario teatral que a un paisaje cinematográfico. El filme de Cuerda descansa totalmente en la fuerza de los actores y actrices y en el modo en que estos dan vida y color a sus atormentados personajes. Son sus protagonistas Salvador -un sacerdote con dudas carnales y espirituales (esforzado trabajo de Raúl Arévalo)- y Elena (excelente Maribel Verdú, a punto de salvar la película) una mujer que esconde a su marido (apagado Javier Cámara), una víctima de su pasado de lucha antifranquista que cuida de su hijo pequeño. Es la relación de Verdú y el diácono el punto más interesante de un filme en el que los secundarios quedan totalmente desdibujados o reducidos a meros estereotipos de los que salen frases alternativamente ingeniosas o aburridas. Marionetas para una función que necesitaba mucho más fuste narrativo que composiciones trabajadas o frases bonitas.

No hay rastro de la agónica poesía del original, pero sí mucha literatura en tensión con las imágenes, diálogos y situaciones previsibles y un espléndido equipo técnico-artístico (incluyendo al operador Hans Burmman) desaprovechado en un filme que parece apresurado y que, en algunos momentos, roza el ridículo. Lo mejor del trabajo de Cuerda es su forma de dirigir a los intérpretes -bien elegidos- y de filmarlos en el interior de las casas, las iglesias, los colegios… ya que por lo demás la construcción del relato es increíblemente plana y no se salvan ni siquiera aspectos que, sin duda, podemos atribuir al guión de Rafael Azcona como la tensión sexual entre Salvador – con su postura ambivalente- y Elena, que trata de guardar lo mejor posible sus secretos y los de los suyos ante la devastadora situación sociopolítica. Una situación que queda finalmente reducida a diálogos retóricos y frases poéticas, a momentos y situaciones de folletín y a secuencias de tragedia filmadas sin brío.

Lo único reseñable, pues, de la apuesta de Cuerda es el trabajo con los cuerpos, la gestualidad y los rostros de los protagonistas y, aunque el filme parece levantar el vuelo en su crispada segunda parte, la sobreactuación y la retórica acaban venciendo al director de El bosque animado y Los girasoles ciegos resulta un filme acartonado, bellamente fotografiado pero prescindible en el panorama del cine español actual.

















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