El increíble Hulk  (The Incredible Hulk, Louis Leterrier, 2008)

Naufragio en verde

Un texto de Evaristo Martínez

Definitivamente, la Masa, el gigantón verde, el coloso esmeralda, sigue sin tener suerte en sus aventuras cinematográficas. Si el Hulk de Ang Lee (2003) gustó a la crítica pero decepcionó a los fans, no preparados, quizás, para el ‘cómic de autor’ que el cineasta taiwanés filmó, esta nueva entrega, planteada como una refundación de la franquicia más que como una secuela, parece que se quedará sólo en un intento baldío de (re)abrir una exitosa saga con el personaje creado en 1962 por Stan Lee y Jack Kirby. En esta ocasión, los motivos del fracaso son muy distintos: por un lado, su ‘pobre’ carrera comercial (226 millones de dólares en todo el mundo -de momento por debajo de los 245 que recaudó el filme de Ang Lee-, cifra, desde luego, insuficiente para los 150 millones de presupuesto) y por otro, y mucho más importante, las desavenencias creativas entre Leterrier y Edward Norton, quien metió mano en el guión y se desvinculó de la promoción de la cinta al no quedar satisfecho con el resultado final. Por tanto, parece difícil que en los próximos años el bueno de Hulk vuelva a protagonizar un filme y su papel en el naciente universo fílmico de los Marvel Studios parece relegado al de secundario -cuando no segundón- de lujo.

Lo que nadie puede reprochar a El increíble Hulk es que, al menos, ha cubierto parte de las expectativas de los seguidores del héroe, deseosos de más acción y menos reflexión. Este espíritu espídico y palomitero se refleja en los tres minutos del prólogo, intercalado con los títulos de crédito, donde se cuenta –para quien sepa de qué va el tema, claro- el nacimiento del monstruo verde, el conflicto entre el científico Bruce Banner y la criatura que alberga y su condición de proscrito y eterno fugitivo del ejército norteamericano. Así, la acción comienza ‘in media res’, con el doctor Banner perdido en Brasil, intentando controlar lo incontrolable y con los soldados capitaneados por el general Ross pisándole los talones: Louis Leterrier se maneja con soltura en las escenas de acción, como lo demostró en Danny the Dog (2005) y Transporter 2 (2005), y aquí vuelve a firmar una notable persecución por las favelas brasileñas.

Sin embargo, tras el trepidante arranque el filme comienza a perder fuelle, en parte por el esquelético guión de Zak Penn, hombre a sueldo de la Marvel, quien se estanca en una esquemática repetición de lugares comunes en el universo ‘hulkiano’. Hay un intento de humanizar al personaje mediante el humor (las bromas sobre los pantalones de talla ancha) y el amor (la relación entre Banner y Betty Ross, y entre ella y Hulk, que remite descaradamente al mito de King Kong), del que posiblemente sea responsable Norton: apuntes que ayudan a seguir la película con irregular interés pero definitivamente emborronados por la inevitable pelea final, una especie de ‘Pressing Catch’ en las calles de Nueva York entre dos criaturas generadas por ordenador.

Al igual que el Hulk de Lee, los responsables de esta entrega han querido dar lustre al producto con un reparto de relumbrón que no termina de creerse lo que está haciendo y sólo Edward Norton da algo de profundidad a su Bruce Banner: William Hurt se contagia de su mala caracterización como general Ross, Tim Roth se mueve en el alambre de la sobreactuación y Liv Tyler aporta más belleza que talento.

El increíble Hulk queda así más cerca de los filmes Marvel de gama baja, tipo Los cuatro fantásticos (2005) o Daredevil (2003), que de su modelo referencial, Iron Man (2008): cine de entretenimiento que entusiasma al público, es respetado por la crítica y, sobre todo, rompe las taquillas. Este Hulk sólo rompe pantalones y aunque los fans estén contentos en los despachos de Hollywood únicamente entusiasman los billetes de dólar. Que, por cierto, también son verdes.





















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