El custodio (El custodio, Rodrigo Moreno, 2007) La meticulosidad de un psicópata Un texto de Carles Matamoros Las pulsiones sexuales soterradas de Lucrecia Martel (La Ciénaga). El hermético contacto con la naturaleza de Lisandro Alonso (Los muertos). La decadencia física e individual de Anahí Berneri (Encarnación). El retrato social, transparente y silencioso, de Pablo Trapero (Familia rodante). Tampoco es cuestión de ver revoluciones donde no las hay, pero lo cierto es que, en los últimos tiempos, una serie de autores dispares han empezado a despertar el agotado panorama argentino. Sus métodos son quizás heterogéneos, pero sus propuestas desprenden una intención similar; un loable intento de romper con el cine impostado y de verborrea incontenible que predomina en el país latinoamericano. La lucha se antoja difícil -los filmes de directores como Juan José Campanella o Carlos Sorín siguen gozando del aprecio del público-, pero el éxito de obras modestas como El custodioinvita al optimismo. Y es que los primeros pasos para un relevo generacional -y de gustos populares- se están dando con películas como ésta, propuestas honestas y personales que, sin ser radicales ni perfectas, abren el apetito de unos espectadores aún afectados por el síndrome El hijo de la novia.
Rodrigo Moreno, el director de este premiado trabajo (en Berlín y Sundance), acierta al seguir varios de los parámetros que definen a los autores más comprometidos de la nueva ola argentina. No se posiciona ante la actitud de sus personajes, sostiene los planos más de lo habitual y da más importancia a la mirada que a unos diálogos voluntariamente insustanciales. Sabe que siguiendo el devenir vital de su protagonista -Rubén, un guardaespaldas venido a menos que protege a un ministro de poca monta como si del presidente de Estados unidos se tratase- conseguirá que comprendamos la futilidad de sus acciones. Por ello, despoja el relato de música y de toda virguería visual, y se centra en lo único esencial: la rutina de su personaje. La obsesión con la que Rubén sigue meticulosamente su trabajo, quizás el único reducto que justifica su existencia.
El rostro y el cuerpo del magnífico actor Julio Chávez son, por tanto, los verdaderos protagonistas de El custodio. A través de estos dos elementos, Moreno construye uno de esos filmes en los que aparentemente no sucede nada, pero en los que, sin que el espectador despistado apenas se de cuenta, se acaba mostrando la transformación de un ser humano al interaccionar con su entorno. En este sentido, la repetición de situaciones y de planos casi idénticos es tan cansina como esencial para aceptar la evolución del guardaespaldas. Su reacción, en un final memorable pero innecesario, es tan desproporcionada como consecuente. Porque la (i)lógica de Rubén es la que guía el filme desde la puesta en escena del director (que filma siempre a partir de la mirada del custodio) y porque su acto no es más que una respuesta psicótica ante los signos de desprecio que él recibe (desde la familia a la que protege, tan condescendiente como indiferente a sus esfuerzos).
Los contrapuntos humorísticos que incorpora sutilmente el director -la familia inestable del guardaespaldas y sus presuntos amigos-, la vertiente artística reprimida del protagonista y su actitud voyeurística hacia la hija del ministro complementan una película en la que, acertadamente, no se pretende retratar la vida prototípica de un custodio sino mostrar el estado mental de un psicópata superado por las circunstancias. Sin engaños ni justificaciones dramáticas.
Esta crítica está escrita por un alumno del Observatorio de cine en el marco del acuerdo de prácticas que la escuela tiene con Contrapicado. |






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