Once  (Once, John Carney, 2006)

Tan simple como el amor

Un texto de Gerard Casau

Once, es una película que parece llegar en el momento preciso para, involuntariamente, poner en entredicho las consideraciones de la plana mayor de la crítica en referencia a un concepto, en este caso el de “ligereza”. En los últimos meses hemos sido testigos del uso continuado de esta idea para definir (y ensalzar) títulos como Belle Toujour (Manoel de Oliveira, 2006) o El romance de Astrea y Celadón (Les Amours d’Astreé et de Céladon, Eric Rohmer, 2007), en mi opinión propuestas harto discutibles que materializan la falsa modestia de sus autores, incapaces de disimular lo encantados que están con sus bases teóricas y lo poco que les importan en realidad sus criaturas (algo que también le ocurre, en menor medida, al último Guerín). O, aún peor, son la trágica crónica de la imposibilidad de volver atrás, de recuperar la inocencia y la travesura cuando el peso de la experiencia ya ha hecho olvidar el significado de esas palabras y las confunde con esquematismo y chorrada. Admitámoslo, Robert Wyatt sólo hay uno, y la frescura inmarchitable de su arte se mueve en coordenadas completamente distintas. Basta con pegarle una escucha al recientísimo (y maravilloso) Comicopera (Domino-PIAS SPAIN, 2007) para darse cuenta.

Por todo ello es probable que la película de John Carney pase más desapercibida o sea incluso despreciada por aquellos que gustan de empezar sus crónicas de festival con frases tan ocurrentes como “Los viejos maestros siguen dando lecciones de vitalidad”. El gran logro de Once es precisamente su impermeabilidad a las grandes teorías, cosa que obliga a acercarse a ella con mucho tacto si no queremos hacer el ridículo (incluso si tratamos de elogiarla). Podríamos hablar de una renovación del musical en clave lo-fi, pero eso sería llevar el film a un terreno que habita solamente de forma colateral y que podría reducirse a la escena (casi una fuga a lo irreal) en que la chica, Markéta Irglová, pone letra a la canción que le ha dejado el chico (sí, ninguno de los dos protagonistas tiene nombre), Glen Hansard, creando una fusión entre el tempo de la música y el de la imagen. Observarla como un juego de intercambios entre la ficción y la realidad o un apunte sobre la creación y sobre los vínculos entre música (popular) y cine (cosa que, aunque lo parezca, no ha de tener necesariamente nada que ver con el genero musical) podría dar más frutos. Vayamos por partes: ni Hansard (que fue cantante del grupo irlandés The Frames, en el que Carney también militó durante unos años en calidad de bajista) ni Irglová se conocían antes del rodaje y la historia de amor que no llegan a consumar sus personajes sí cristalizó cuando las cámaras dejaron de rodar. Asimismo, varias de las canciones que aparecen en la película acabaron formando parte de un muy recomendable disco firmado por ambos (y que no debe confundirse con la banda sonora del film), The Swell Season (Overcoat, 2006), [1] un camino casi inverso al que los asturianos Mus y Ramón Lluís Bande recorrieron con Divina Lluz (Acuarela, 2004), donde la música de Fran Gayo y Mónica Vacas era el punto de partida para hilvanar un discurso audiovisual (y, a su manera, casi político). Obviamente, el rigor autoral de línea dura que defiende Bande choca frontalmente con la liviandad de Carney, pero ambas propuestas pueden llegar a ser igualmente reveladoras. Si Bande dedicó toda una película, El Fulgor (2002) a observar el proceso de composición de un tema de Nacho Vegas, al director irlandés le basta mostrar a su protagonista rasgando la guitarra y tomando notas mientras contempla una y otra vez videos de su ex-novia para desvelarnos el lugar del que provienen sus canciones.

Porque Once es, por encima de todo y sin ocultarlo en ningún momento, una historia de amor tan universal como el mismo pop, un pequeño mosaico de sentimientos velados que surgen entre dos personas a la sombra (o el recuerdo) de sendos amantes, como en Deseando Amar (Fa Yeung Nin Wa, Wong Kar-wai, 2000), narrada con tacto, contención dramática y un cariño infinito hacia los personajes. Habrá a quienes esto les parezca poca cosa, pero estarán olvidando que una buena película (o una buena canción) se justifica a sí misma, sin necesidad de armaduras conceptuales ni de críticas como la que tienen ante sus ojos. Puede que no estemos hablando de una obra extraordinaria (echamos de menos un ardor en su seno y algunas sombras que maticen su candorosa paleta cromática de emociones), pero Once tiene el don de clavarse en nuestro recuerdo de forma indeleble, invitándonos a revisarla regularmente y reconfortándonos como aquellos discos aparentemente menores que acaban sonando más veces en nuestra casa que cualquier obra maestra, quizás porque al no abrumar tanto son los únicos capaces de hacernos compañía cuando no hay nadie más.


Notas:

1. Por cierto, la pareja acaba de publicar una versión de la dylaniana You Ain’t Goin’ Nowhere incluida en la jugosa banda sonora de I’m Not There (Columbia, 2007), el poliédrico ensayo de Todd Haynes sobre el autor de John Wesley Harding (Columbia, 1967). [Volver arriba]









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