El jefe de todo esto (Direktøren for det hele, Lars von Trier, 2006) Personaje vs. Autor Un texto de Gerard Casau Es probable que la nueva película de Lars von Trier no encuentre una acogida excesivamente entusiasta, que se la despache de obra menor, y sería una pena. Porque, aunque El Jefe de todo esto no resulte tan poderosa como Los Idiotas (Idioterne, 1998) o Dogville (2003), se trata sin duda uno de los mayores esfuerzos que el director danés ha hecho por sincerarse con sus espectadores.
Parece ser que, llegados a un determinado punto de su trayectoria, muchos autores sientan la necesidad de hacer un alto en el camino y mirar hacia dentro, analizar su discurso, sus recursos formales, la manera en que su obra llega al público. Colocarse en el ojo del huracán es un acto ligeramente narcisista, pero también valiente, y puede ayudar al artista a cerrar una etapa creativa y emprender nuevos caminos. Ejemplos recientes (y no siempre logrados) los podemos encontrar en La Joven del Agua (Lady in the Water, M. Night Shyamalan, 2006), Inland Empire (David Lynch, 2006) o Takeshis’ (Takeshi Kitano, 2005). El caso del director danés es algo distinto: Cada película suya representaba una nueva reflexión sobre su manera de hacer cine, pero también un subterfugio para evitar hablar de sí mismo, una maniobra de despiste, lo que, con toda seguridad, resultaba determinante en la imagen negativa que se ha ido formando entre aquellos sectores de la crítica adscritos al concepto canónico de “autor”. No podíamos fiarnos de sus imágenes porque estas cambiaban con demasiada velocidad: el manierismo, la superposición de texturas y el barroquismo desaparecían para dar paso a la cámara al hombro, a las imágenes granuladas y, en última instancia, a la desaparición del decorado. Su inconstancia impedía, aparentemente, sentar unas bases sólidas sobre las que levantar una argumentación teórica. Y, por si fuera poco, no se podía evitar tener la sensación de que von Trier nos mentía, de que todo su cine era una gran broma en la que resultaba poco menos que imposible identificar al autor y, por consecuencia, a la persona detrás de ella. Los Idiotas ya dejaba entrever un acercamiento a la verdad, pero en su día todo el mundo estaba demasiado ocupado posicionándose a favor o en contra del Dogma95 (en el fondo, una de las muchas máscaras que ha usado el director) como para analizar y valorar por sí mismas las películas que conformaban el movimiento y darse cuenta de ello. En los últimos años el cineasta ha seguido explorando esta vía a través de películas más pequeñas como Cinco Condiciones (De Fem Benspænd, Lars von Trier y Jørgen Leth, 2003) o de guiones llevados a la pantalla por otros realizadores, caso de Querida Wendy (Dear Wendy, Thomas Vinterberg, 2005), proyectos, en resumen, que no levanten el revuelo de sus hermanos mayores. A fin de cuentas, los secretos siempre se han susurrado al oído.
El Jefe de todo esto se apunta a esta línea adoptando la apariencia de “una comedia inofensiva” (palabras que usa el propio von Trier al principio de la película), pero ya desde el planteamiento de su anécdota argumental (el director de una empresa se inventa un jefe imaginario para no tener que dar la cara ante sus empleados, pero se ve obligado a contratar a un actor para que lo interprete durante las negociaciones con una compañía islandesa) resultan evidentes los paralelismos con la figura del director de Europa (1991). Más allá de su comicidad autista (a veces realmente conseguida) y de su puesta en escena a base de planos fijos y descuadrados (hacía mucho tiempo que la cámara no reposaba en su cine), el mayor interés del film reside en la evolución de este planteamiento: Asistimos al nacimiento de un personaje que, llegado a un punto, toma conciencia de su naturaleza, y logra ser más humano que su creador. Éste, por su parte, se ve acorralado por su criatura e intenta redimirse, buscar un nuevo camino e ir más allá de la cobardía que lo había inmovilizado hasta el momento. Pero quizás sea demasiado tarde, como insinúa el desenlace del film, y su monstruo de Frankenstein ya esté desbocado. Ya no hay posibilidad de escape. A estas alturas, la honestidad es una quimera. Al menos, dentro del universo de este film.
El gran mérito de esta moderna y particular revisitación del mito prometeico reside en su equilibrio, en no ocultar el tema de fondo de la película y, a la vez, ir más allá, proponiendo una serie de cuestiones (con la sátira del mundo laboral por encima de todas) y ofreciendo un conjunto de situaciones ocurrentes (y, por momentos, sorprendentes) y un retrato de personajes (la mayoría de ellos, dignos de frenopático) suficientemente cariñoso e hilarante, como no se le veía desde los tiempos de The Kingdom (Riget, Lars von Trier y Morten Arnfred, 1994 – 1997). Por supuesto, no llegamos a saber si son simples piezas del mecanismo que Lars von Trier ha diseñado con otros fines, nos es imposible saber si realmente le importan, si realmente le interesa algo más allá de sí mismo. Pero, a pesar de (o gracias a) ello, uno tiene la sensación de que, poco a poco, el danés nos deja penetrar en su pequeño y retorcido mundo, y que cada nueva película suya supone la caída de una máscara. Probablemente sea algo perfectamente calculado, una maniobra diseñada para que nos confiemos y miremos en la dirección equivocada, pero su cine me gusta demasiado como para creer eso. Llevamos ya muchos años jugando con él al ajedrez, y quizás estemos tan ansiosos de verle dar un paso en falso que hemos olvidado la verdadera razón por la cual nos sentamos ante el tablero, que no es otra cosa que la seducción de la mentira y la manipulación. De hecho, parte de la esencia del cine se encuentra ahí ¿no?
Ahora nos toca mover ficha a nosotros ¿Sacrificamos el caballo o la torre? Qué más da, a fin de cuentas, volverá a ganarnos. Como siempre. |







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