Shortbus (Shortbus, John Cameron Mitchell
, 2006) Tristeza post-coital Un texto de Eduardo Nabal Shortbus es el último regalo para los sentidos y la mente del joven realizador John Cameron Mitchell, autor de la legendaria Hegwig and the angry inch (2001), convertida ya en un clásico de culto. Este joven e iconoclasta actor y realizador se presentó al público internacional con un vitalista musical sobre la transexualidad y en esta ocasión incide en el tema de las sexualidades vividas desde una óptica diferente.
Presentada como una comedia sexual o como una celebración del erotismo en sus múltiples formas, Shortbus deja, más que aquélla, un indudable poso de tristeza y no carece de un trasfondo serio y amargo. Los personajes son una pareja gay que busca una relación triangular, una terapeuta sexual que nunca ha logrado tener un orgasmo, una lesbiana dominatrix de corazón tierno, un joven voyeur...todos confluyen en un club donde se celebran alegres y despreocupadas orgías, pero donde también se nos diseccionan sus dramas íntimos, marcados por la frustración, la opacidad, la necesidad de afecto y algo más. El sexo explícito -algunos lo tacharán de pornográfico- es el eje del filme pero, como en su maravillosa opera prima, Mitchell ama y siente una honda ternura por todos sus personajes, incluso por aquellos con los que, de entrada, nos cuesta empatizar. Así, aunque Shortbus mira al pasado con nostalgia en su forma y en su fondo, es una obra ágil, rabiosamente contemporánea y consciente de que los tiempos ya no son ni pueden ser los mismos.
Un filme colorista, kitch, pleno de imaginación audiovisual, con toques experimentales, y un homenaje al cine underground neoyorkino de los setenta (Morrisay, Warhol, Anger, Clarke). Un canto a la libertad sexual y a la ternura que ésta esconde. Como en Hedwig, Mitchell no tiene complejos a la hora de mezclar texturas, sonidos, ironizar sobre algunos mitos del american way of life de hoy, post-sida, post-11S, criticar el puritanismo y al mismo tiempo decirnos que el sexo puede ser a la vez divertido y triste, liberador y claustrofóbico, al igual que la piel misma de los personajes. Aun cuando, como en aquélla, el mensaje final sea Lo estáis haciendo bien o El espectáculo debe continuar. Si alguien cree que el new queer cinema está en horas bajas, que se asome a este peculiar club. Aunque solo sea para mirar. |




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