La silla  (La silla, Julio D. Wallovits, 2006)

Teorías del consumo

Un texto de Carlos Balbuena

Wallovits arranca La silla con una cita de Baudrillard, cita que le sirve de coartada para perpetrar una tan fría como cerebral y abstracta película que se esfuerza por reflexionar (por momentos de forma brillante) sobre las sociedades de consumo y sus habitantes, fantoches enajenados y obsesionados por consumir de una forma casi frenética para, después de todo, continuar insatisfechos. En realidad, son sociedades perversas en las que acaban siendo los objetos los que proyectan en el individuo la necesidad de ser adquiridos, y no al revés. Objetos que se convierten en sujetos de la acción de consumir y que, como consecuencia lógica, desplazan al individuo a la triste función de objeto de la acción, es decir de pelele. De esto, Julio Wallovits, publicista reputado e inteligente, sabe mucho, tanto como para dedicarle una película al asunto.

Inspeccionar la crisis del hombre contemporáneo, desquiciado frente a la deshumanización consumista de la sociedad fría, metálicamente industrializada se antoja, de entrada, pretencioso. Pero moverse para ello entre los parámetros de Lynch y Kafka y bajo el peso teórico de Baudrillard es un ejercicio de pedantería de primer orden. Pero ya era hora que alguien aquí se sacudiese de encima no sé qué absurdos complejos para comprometerse con un cine que, de forma tan radical, se maneja entre lo puramente estético (una estética gélida y bruscamente simbólica) y lo profundamente teórico (teoría pura y dura como un ladrillo, sin concesiones).

Teoría y simbolismo extraídos de la fuerza con la que el protagonista busca su lugar en el reducido y claustrofóbico mundo que le rodea por la vía de la posesión: un objeto que le pertenezca, con el que identificarse, que le devuelva la mejor versión de sí mismo dentro de un universo deshumanizado hasta el paroxismo, ¡una silla!, nada más cotidiano e intrascendente que una simple silla, convertida en eso que Roger Caillois llamaría un perfecto adorno hiperbólico.

Wallovits no es el único que este año ha transitado el terreno pantanoso de este tipo de cine, por otra parte tan desagradecido y de antemano perdedor (en taquilla): Albert Serra e Isaki Lacuesta, por ejemplo, lo han hecho con sus extraordinarias Honor de Cavalleria y La leyenda del tiempo. Quien haya visto estas películas, lo mismo que Cabeza Borradora o haya leído El proceso, deducirán fácilmente que “La silla” no es un entretenimiento, me atrevería a decir incluso que su visionado no resultará en absoluto un placer. Al contrario, es áspera y deliberadamente incómoda, en ocasiones con cierta tendencia, demasiado gratuita, hacia lo insoportablemente raro: esas conversaciones de los policías, tan forzadamente kafkianas que parecen reducir el peso teórico de la propuesta a un mero chiste. Pero es osada de principio a fin, desde el mismo punto de partida (¡qué brillante enclaustrar la acción, reducir el espacio vital del protagonista a los ecos metálicos de un polígono industrial!) hasta el eterno, desolador, clarividente y casi emotivo plano secuencia que cierra el film.

Le sobran planteamientos y le falta concreción; divaga demasiado y en ocasiones profundiza poco; ciertos personajes secundarios quedan demasiado desdibujados, de forma que su interés es relativo y su sentido ambiguo. Pero el poder evocador de las imágenes sin vida y los runruneantes sonidos mecánicos con que Wallovits rodea la angustia existencial del depresivo y paranoico Garrido (absolutamente portentoso Francesc Garrido, que aguanta tres cuartas partes de la película con la cámara a treinta centímetros de la cara como quien ve llover) tiene la fuerza suficiente como para superar sus evidentes carencias.

















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