La noche de los girasoles (La noche de los girasoles, Jorge Sánchez-Cabezudo, 2006) De homenajes y referencias Un texto de Carlos Balbuena La noche de los girasoles, primera película de Jorge Sánchez-Cabezudo, es, digámoslo ya, una de las sorpresas más agradables de la temporada por lo que al cine español se refiere. Estructurada a la manera rashomoniana y rodada con la intensidad y la frescura de un debutante, La noche de los girasoles puede entenderse como un auténtico ejercicio de estilo, una potente demostración de lo mucho que un director novel es capaz de hacer detrás de la cámara. Pero hay más: la película de Sánchez-Cabezudo se presenta como un sobrecogedor tratado sobre la violencia, sobre su absurdo y sus incontrolables consecuencias. Además de afrontar, tangencialmente pero con el compromiso firme, el problema de la deserción rural, de sus conflictivas relaciones con lo urbano, relaciones que llevan implícito un elevado grado de condescendencia (por no decir desprecio) hacia lo rural, y de esa gran falacia que es el turismo rural, último clavo ardiendo que les queda a las gentes de los pueblos para evitar su inminente desaparición.
La noche de los girasoles se divide en bloques narrativos, cada uno de ellos responde al punto de vista de cada uno de los afectados en la narración, y cada uno de esos puntos de vista aporta nuevos datos al rompecabezas narrativo. No es nada nuevo: desde Rashomon, las películas que han utilizado esta estrategia son innumerables, pero no son tantas las que han conseguido exprimir todas sus posibilidades en el terreno del suspense, de la tensión y de la progresión dramática. Sánchez-Cabezudo lo consigue en su primera película, a partir de una puesta en escena seca, concisa y honesta, de una densidad violenta, opresiva y angustiosa, sin lugar para manierismos o artificios formales (más allá del indudable artificio narrativo) que pudieran contribuir a hacerla más digerible, pero también más frívola y convencional y, por supuesto, menos intensa. Yo la situaría (por favor, salvemos todas las distancias que sean necesarias) a medio camino entre el Saura de La caza y el Kurosawa de Rashomon (evidentemente), con un toque a lo Fuller por aquí y alguna reminiscencia fordiana por allá. Las referencias asustan, pero Sánchez-Cabezudo sabe estar a la altura durante la mayor parte de las más de dos horas de metraje.
Pero dos horas dan mucho de sí y mantener ese nivel de principio a fin es muy difícil, sobre todo teniendo en cuenta que, con todos los ingredientes planteados, Sánchez-Cabezudo alcanza un grado climático de una intensidad apabullante demasiado lejos del final, de tal forma que toda la última parte es un tanto decepcionante, aunque seguramente más por lo brutalmente eficaz que es la primera parte que por las posibles carencias de esta segunda. Pasado el giro más radical de una película llena de ellos, todo parece desvanecerse, la narración se deja ir, se vuelve un tanto tópica, se pasa sin solución de continuidad de la intensidad sin aliento del árido drama rural al policiaco algo tibio a lo Colombo. Terminan siendo dos películas en una, incluso cambia la manera de rodar, la puesta en escena se vuelve más convencional. Cierto que con la parte final se cierra el círculo de la lógica narrativa de la película, pero…
En cualquier caso, La noche de los girasoles es la película de un director con dos valores fundamentales: algo que contar y talento y personalidad para contarlo y que, junto con el Azul oscuro casi negro de Sánchez Arévalo, por citar sólo dos de los recientes debutantes, confirman que, a pesar de lo que se diga, sí hay talento y cosas que contar en esta casa de locos llena de complejos que es el cine español. |





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