Honor de cavalleria  (Honor de cavalleria, Albert Serra, 2006)

Bresson, Pasolini, Rossellini

Un texto de Carlos Balbuena

Una película como Honor de cavalleria se convierte de inmediato en carne de festival (ahí está la flamante selección para la Quincena de Realizadores en el último Cannes) y de dos o tres salas minoritarias y, muy probablemente, semivacías. Pero esta condición de marginalidad viene impresa en su propia concepción de película desesperadamente libre, con ese punto de admirable y contagiosa locura (quijotesca, claro) que desprecia sin concesiones todo atisbo de convención dramática.

Albert Serra levanta una obra concebida a contracorriente, una adaptación libérrima del Quijote, casi irreverente, pero en cierto modo respetuosa con el desbordante espíritu de la novela. El director catalán recoge la esencia última de la novela de Cervantes, que no es la aventura sino el viaje, o en todo caso la aventura del viaje mismo, no necesariamente físico; el viaje como búsqueda, como ideal, como utopía y, por lo tanto, muy parecido al proceso de la locura. No hay molinos, ni mesoneros, ni Dulcineas, sólo el caballero de la triste figura (que de puro triste es patética), su fiel Sancho (que de puro fiel es un fantoche) y algún incierto objetivo que, en todo caso, les espera al final del camino, un camino sin trazar, un camino más metafórico que real, más espiritual que físico.

Arranca la película con un patético Quijote recogiendo del suelo los restos de su armadura, muy probablemente destrozada tras un combate contra sí mismo, para acabar allí dónde Pasolini llevó a Cristo, Bresson a Lancelot (al que por cierto se hace una mención explícita en Honor de cavalleria) y Rossellini a San Francisco: al punto exacto entre lo terrenal y lo místico, entre la locura y la extrema lucidez del visionario, del profeta. Esas y otras, como Ozu, Dreyer o Tarkovski, son las referencias que maneja Serra, que comparte con todos ellos ese estilo reflexivo y trascendente que trató de explicar Schrader y que surge del estudio minucioso de la densidad de lo que se cuenta, pero también está en la forma de contarlo.

Cierto, da la impresión de ser un ejercicio pretencioso hasta el extremo, y seguramente lo es, pero si el origen de lo pretencioso es la pretensión, entonces no está mal que un director casi debutante, con los medios precarios de un amateur, pretenda hacer algo distinto, reflexivo, hacer suya una novela de la que todos hablan y que muy pocos han leído. Se agradece la pretensión de realizar una película que vaya más (mucho más) allá de la simple adaptación de una novela de la que, por otra parte, absolutamente nadie (intuyo que Gilliam hubiese estado muy cerca. Y, de hecho, el documental sobre su fracaso, Lost in La Mancha, puede verse como una de las más extravagantes e interesantes adaptaciones de la novela de Cervantes, en la que, por supuesto, el ex Monty Python es Alonso Quijano) ha conseguido extraer ni un diez por ciento de su potencial. Así que pretencioso, sí, pero con mucho que decir, que es lo realmente importante.

Honor de cavalleria es eso de lo que tanto se habla pero que tan poco abunda: una Obra Maestra. Y lo es a pesar de sus defectos, que los tiene, o precisamente gracias a ellos, porque son fruto de una apuesta suicida por la depuración estilística y conceptual que sitúan la película a años luz del grueso de la producción actual.

















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