Dracula: Pages from a Virgin's Diary  (Guy Maddin, 2002)

Terpsícore y la hemoglobina

Un texto de Magdalena Navarro

Drácula no es precisamente un desconocido. Gracias a la apasionada labor de casas como la Hammer y la Universal, más o menos allende en el reino de la serie B, el mito del vampiro se hizo tan presente en las pantallas como vívido en el imaginario colectivo. Bajo la leyenda de Vlad el Empalador late ese temor reverencial que el ser humano siempre ha sentido hacia la sangre. Se le ha conferido tradicionalmente un carácter casi sacro, extraño, como si la sangre fuera la prueba incontestable de un cambio importante: el parto, la pérdida de la virginidad, la muerte. La sangre es la vida, y quien se alimenta de ella, es un ladrón, y un monstruo. Pero quizá lo más fascinante del vampiro no es el terror que pueda suscitar su carácter de parásito adicto a la hemoglobina, sino su capacidad de subyugar, de hacer que la presa desee ser presa.
Pueden cerrarse ventanas, anclarse con ajos los postigos y atrancar las puertas, pero es inútil: el enemigo ya está dentro, inoculado en el subconsciente de la joven virgen que teme y desea a un tiempo al enemigo. Sin embargo, a su familia le basta con impedir el contacto físico del vampiro, porque no imaginan, ni tampoco querrían aceptar, que en su hija y en cada uno de nosotros anida la fascinación por la oscuridad, que, como un canto de sirena, podría hacernos obrar de manera impensable. Toda una alegría para los fanáticos conservadores. ¿Cómo combatir el mal, si uno lo desea?
La figura femenina que mejor ilustra esta faceta de Drácula es sin duda la señorita Lucy Westenra, y no en vano se centra en ella gran parte de la aventura de Guy Maddin, Dracula: Pages from a virgin`s diary. En ella, Lucy recibe la visita del conde, y comienza a consumirse lentamente ante la desesperada mirada de sus tres pretendientes y el doctor Van Helsing, que no consigue determinar qué es lo que la aqueja. El hecho de que la película carezca de diálogo hablado hace más efectivo si cabe el texto que ocasionalmente se presenta en pantalla a la usanza del cine mudo clásico. Sobre todo, cuando aparece escrito "Ningún hombre puede entender la sensación de ver fluir su sangre por las venas de la mujer que ama hasta que lo experimenta". Puesto que la sangre es la vida, una transfusión supone un regalo, pero también una penetración en toda regla. Así, que el conde Drácula le hubiera chupado la sangre a Lucy suponía para los indignados pretendientes un pillaje inadmisible, el robo de un privilegio que ellos sentían exclusivamente suyo. No olvidemos que el pillaje sexual está bien visto si lo respalda el amor, pero que la lujuria por la lujuria sigue pareciendo a día de hoy algo sucio y vergonzoso. Quizá por ello, la resurrección de Lucy como vampira tras ser dada por muerta es harto simbólica; la muchacha se entrega a una existencia de lujuria desenfrenada después de su muerte cristiana, y la secuencia en que el doctor Van Helsing y los pretendientes persiguen a la no-muerta para obligarla a entrar en el ataúd habla precisamente de ese estado de represión de la sexualidad femenina que conmina a la mujer a inhibirse, a autoimponerse la frigidez. A ser un cadáver.
Aunque sólo sea por secuencias como esa, o la de la seducción de Lucy por parte del vampiro, la película de Maddin ya merece ser calificada de obra maestra. Tratar el mito de Drácula es como pasar por una carretera muy transitada que está encharcada de tópicos. El verdadero objetivo al final ya no es contar la historia que todo el mundo conoce, sino explorarla por el sendero menos pisoteado. Elegir un concepto de la misma y ahondar en él, confiando más que nunca en el poder de la forma frente al fondo. Y hay que reconocer que Maddin difícilmente podría haber tratado el mito de manera más distinta. ¿Ballet mudo al son de Mahler, y en un clásico blanco y negro? Casi parece hecho a propósito para repeler al espectador Blockbuster. Pero, curiosamente, no repele. Es un ejercicio cinematográfico fascinante y rico, cuya sensualidad cautiva desde el primer momento, y se hacen escasos sus 70 minutos de metraje. Sin entrar a nombrar las muchas reminiscencias del cineasta canadiense, que podrían arrancar perfectamente en Meliès, y seguir por Murnau hasta Maya Deren, Drácula: pages from a virgin’s Diary es una película cuya transgresora modernidad estriba, precisamente, en que se apropia del pasado y lo reinventa, encajando así en el tan cacareado postulado del “reivisitacionismo” de la posmodernidad.
Para empezar, Drácula es una oda a la sinceridad, a la elegancia del cine que se desnuda para enseñar sin ningún pudor sus trampas y cartones, sus engranajes y artificios. Y es que ocultar el cartón deja de tener sentido cuando el director quiere precisamente que el cartón sustituya a la realidad .De la misma manera que en Viaje a la luna George Meliès convertía en una fábrica de sueños un invento que los Lumière patentaron con fines científicos, Drácula bebe de ese onirismo artificioso, y no lo oculta. La película rehuye el realismo para abrazar plenamente, apasionadamente, el lenguaje poético, la máxima abstracción expresiva. Si el diálogo nos remite a la realidad, eliminémoslo; si la normalidad exige movimientos exentos de ritmo, hagamos que los personajes bailen ballet; si el día a día es en color, refugiémonos en el claroscuro y en el monocromo; si Drácula era caucasiano, convirtámoslo en chino (el soberbio bailarín Zhang Wei-Quiang). No es real, pero es que la intención de Maddin nunca fue intentar que lo pareciera.
Y ahora viene lo más fascinante. Después de alabar el talento de los actores (bailarines del Royal Winnipeg Ballet) y de aplaudir la magnífica coreografía de Mark Godden, uno podría cometer el error de pensar que la película del canadiense se reduce a un ejercicio estético de alto vuelto, pero no es así. Maddin sabe narrar. Sabe cómo hilar la historia de manera perfecta, sin necesidad de diálogo; sabe cómo mantener en vilo al espectador incluso cuando éste ya conoce lo que sucederá. Sabe expresar, mediante las manchas de torpe rojo rabioso en el blanco y negro, la sangre, el sexo, el deseo y la codicia de manera explícita y al tiempo, tan sutil. La fuerza de su narrativa no se ve amortiguada por el poetismo de la puesta en escena; más bien se complementan, como dos manos que se estrechan. Jamás se vio un Drácula tan extraño, tan diferente, y a la vez, tan fascinante.

































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