Querido José Luis Un texto de Lucía Miguel Cuando hablamos de política, de economía, o incluso de cine, tendemos a subestimar las grandes figuras del propio país. Cuando se habla de grandes cómicos de la historia del cine, aparecen nombres cómo Charles Chaplin, Buster Keaton y, posteriormente, Jack Lemmon o Peter Sellers. Y se olvidan de José Luis López Vázquez. Porque aunque el mismísimo George Cukor intentó convencerle para llevarle a Hollywood y trabajar con él, él decidió quedarse en España (a excepción de una colaboración en el filme del realizador americano Viajes con mí tía, 1972). Y con ello redujo su carrera a un pequeño país con una industria y una cultura cinematográficas más bien pobres. Gracias a ello, López Vázquez se convirtió en una de las grandes figuras del cine español, con un registro interpretativo que podía ir desde la más mordaz comedia (Patrimonio Nacional, 1981, de Luis G. Berlanga o Atraco a las tres, 1962, de José Maria Forqué, por ejemplo) al drama más desolador (La cabina, 1972, de Antonio Mercero o Peppermint frappé, 1967, de Carlos Saura).
Incluso el gran maestro Chaplin dijo de él que estaba entre los tres actores más grandes del mundo, tras verle compartir pantalla con su hija Geraldine en el antes citado film de Carlos Saura, Peppermint frappé.
A través de más de cuarenta años de una muy prolífica carrera, López Vázquez ha construido un importantísimo legado humorístico (¿qué sería del humor español sin las entrañables figuras de Rodolfo, en El pisito, 1959, Marco Ferreri, o de Adela Castro, en Mi querida señorita, 1972, de Jaime de Armiñán?) pero que constituye, además, un fiel reflejo de la evolución histórica y política de nuestro país. En ¡Vivan los novios! (Luis G. Berlanga, 1970), su personaje, Leonardo, responde al cura que sí, que él es católico practicante, hasta le enseña la insignia de “cruzado activista”. Pero no puede apartar los ojos de las modelos extranjeras que posan al otro lado de la ventana, porque eso él, en Burgos, no lo ve todos los días. Y cómo él, miles de hombres españoles miraban de reojo a esas espectaculares suecas y alemanas que desembarcaban en su país como por arte de magia. Todo esto para decir que López Vázquez era un actor de su tiempo, que servía al espectador de vehículo entre la realidad y él mismo, porque cualquier espectador, delante de López Vázquez, siente una identificación, por más ínfima que sea; se reconoce en el personaje de la pantalla y, así, a través del cómico español, consigue reírse de sí mismo.
López Vázquez es ante todo un actor mímico. La gestualidad es, desde sus primeras películas, uno de sus rasgos interpretativos más pujantes. Su rostro puede provocarnos una carcajada y al minuto siguiente puede despertarnos la más sincera ternura. El actor español tiene una sutilidad del gesto que contrasta con su torpeza gafada y con su lenguaje atrevido y descarado. En La Cabina (1972), mediometraje televisivo de Antonio Mercero, la evolución de la interpretación de López Vázquez nos da una muestra de su gran talento. La angustia del hombre que se queda encerrado en una cabina es visible en cada una de sus muecas, en la vergüenza de su mirada. La desesperación de su expresión aumenta a medida que sus opciones se agotan. Y es a través de su gestualidad que López Vázquez se comunica con el exterior de la cabina. Aunque no oigamos su voz, su rostro nos desvela sus pensamientos, la transformación de una ligera angustia, al quedarse encerrado, en el terror más absoluto, cuando comprende que nunca va a salir. Incluso el mismo Mercero habla de la capacidad gestual del actor español. A propósito de La Cabina, su creador dice de López Vázquez que tras ver Mi querida señorita (Jaime de Armiñán, 1971) supo que él tenía que protagonizar su mediometraje, pues era necesario describir muchos estados de ánimo en poco tiempo y con mucha fuerza, y eso había que hacerlo con un gran actor, que llegara a expresar solamente con su mirada. Además, añade Mercero, López Vázquez era la perfecta encarnación del hombre gris, del hombre medio español.
El actor español ha sido a menudo comparado a Jack Lemmon. “El Jack Lemmon español”, dicen muchos. Ambos actores despiertan en el espectador una inmensa ternura a través de inimitables gestos de travesura y puerilidad, provocando además una identificación inmediata. Su falta de consciencia sobre las consecuencias de sus actos, debida no a la mezquindad sino a la pura inocencia infantil les provoca un aislamiento de la sociedad, ese hacerse pequeñito delante del mundo. A su alrededor, todos les reprueban: “que si esto no lo has hecho bien”, “que si siempre te olvidas de tal”, cuando ellos lo único que quieren es contentar a todo el mundo pasando lo más desapercibidos posible. En El Apartamento (Billy Wilder, 1960), la vivienda de C.C. Baxter (Jack Lemmon) se convierte en una casa de citas porque él no se atreve a disgustar a su jefe, que es uno de sus “huéspedes”. En El Pisito (Marco Ferreri, 1959), Rodolfo (José Luis López Vázquez) se ve casado con una vieja para heredar su piso y así contentar a su mujer. Esta sed de complacer supone un punto en común de los personajes de López Vázquez y Lemmon. Ambos son la encarnación de esa figura que es el payaso triste, que provoca las risas a pesar de él.
Lo trágico de los personajes de Jack Lemmon no está presente, sin embargo, en López Vázquez, que adopta una postura más relajada, propia del prototipo del carácter español, guasón y despreocupado. Lemmon es todo bondad, no hay en él ni un atisbo de picardía. Mientras que José Luis hace muestra de cierta perspicacia y galanteo. Cuando el actor inglés quiere seducir a una mujer, le habla con dulces palabras y con extrema cortesía. López Vázquez es más torpe, pero también más determinado: en ¡Vivan los novios!, Leonardo magrea con descaro al travesti negro que llora desconsoladamente en la cubierta de un yate, cuando éste lo único que quiere es volver con su novio. Pero eso sí, luego vuelve al lado de su Loli, para intentar consumar lo que no ha terminado con el travesti. Y sin remordimientos.
Que a los dos les gustan las mujeres, claro está. Solo hay que acordarse de la escena en el tren en la que Marilyn canta “Running Wild” y las “chicas”, incluidos Lemmon y Curtis, la acompañan musicalmente; la mirada de admiración de Jack Lemmon por esa mujer de grandes curvas no se aleja demasiado de la conducta de Leonardo hacia las extranjeras que invaden la playa catalana en ¡Vivan los novios!.
López Vázquez comparte también con Jack Lemmon unos rasgos físicos, si no bien idénticos, que sería imposible o por lo menos improbable, que encarnan eso que llamamos “el hombre común”, que no destaca, el ciudadano medio gris y aislado que busca en todo momento fundirse con la masa para pasar desapercibido.
Aunque la comparación es más abstracta, el actor español tiene a veces una gestualidad tatiana. Recordemos una vez más en ¡Vivan los novios!, cuando Leonardo (López Vázquez) deambula por el paseo marítimo en busca de bellezas extranjeras; siguiendo a una turista baja por una escaleras y desaparece del encuadre para luego aparecer detrás de otra mujer que se ha cruzado en su camino. Ese gesto espontáneo evoca los movimientos genuinos de Jacques Tati, torpe pero tierno en su gestualidad.
López Vázquez comparte con Tati la imposibilidad de comunicación con los extranjeros, sobretodo americanos y nórdicos, que empiezan a llegar a España y Francia en los años sesenta. La incomunicación es una metáfora de la colisión entre el interior y el exterior, entre la cultura propia, arraigada, y las nuevas ideas que transportan los visitantes. Mientras que en Play Time (1967) Tati no consigue entenderse con la joven turista americana, en ¡Vivan los novios! López Vázquez necesita buscar un traductor para declararle su amor a la pintora irlandesa. Aunque disimulada por la comicidad del tono, la dificultad de comunicarse de López Vázquez, por un lado, y Jacques Tati, por el otro, evidencia la presencia de efectos colaterales de la incipiente (en los años 60) globalización.
La comparación de López Vázquez con el cómico francés nos lleva a establecer también un símil con Peter Sellers. En The Party (Blake Edwards, 1968), Peter Sellers retoma varios gags de los films de Tati: el panel de mandos de Play Time o la fuente de la Maison Arpel en Mon oncle (1958), entre otros, reviven al maestro francés pero también consolidan a Peter Sellers como uno de los más grandes cómicos del cine de la época.
Con Sellers, José Luis López Vázquez comparte esa obstinación por agradar a todo el mundo. La ligera diferencia es que en Sellers ésta es innata y sincera. En López Vázquez es solamente interesada. Asimismo, ambos reaccionan con resignación cuando se ven en un aprieto, cuando se ven obligados a hacer algo o cuando son relegados a un segundo plano por sus vecinos. En The Party, Sellers es el único que no tiene una silla para sentarse a la mesa, y terminan por darle un banquillo, cosa que le impide estar a la misma altura que los demás comensales. Y él ni rechista, es más, agradece con gratitud la hospitalidad de la anfitriona. También reacciona con resignación (esta vez sin agradecimiento), López Vázquez en ¡Vivan los novios!, cuando su mujer y su cuñado le convencen de posponer el entierro de su madre, que acaba de morir, y casarse el día previsto. López Vázquez podría oponerse, hacer prevaler su opinión, pero es fácilmente convencido para casarse mientras su madre espera, dentro de una bañera llena de bloques de hielo, la inhumación. No se trata de cobardía, sino de incomprensión. Y la reacción a la incomprensión no es la rebeldía, sino la resignación. López Vázquez es, al fin y al cabo, como un niño que no está aún preparado para asumir las responsabilidades de la vida adulta pero que acepta, con conformidad, las adversidades a las que se enfrenta.
El actor español, fallecido el pasado dos de noviembre, ha tenido una de las carreras más prolíficas del cine mundial, llegando a rodar hasta nueva películas en un año. El inmenso legado de López Vázquez servirá, a las próximas generaciones, para descubrir una España que ya habrá desaparecido y, a las generaciones de los sesenta, para revivir un tiempo que ya nunca volverá. Lo importante es que gracias a su obra, López Vázquez nunca se irá del todo. Personalmente, sólo puedo dar las gracias al que es, para mí, junto a Pepe Isbert, el más grande actor español. |


















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